martes, 2 de diciembre de 2014

Oh, WhatsApp...

Lo confieso, me encanta dramatizar, darle cien mil vueltas a las cosas (y alguna más, por si acaso). He empezado a escribir cinco blogs y todos los he abandonado, supongo que porque cuando algo se convierte en habitual se desvanece la "magia" y la inspiración se pierde por el camino. Supongo. Espero que a la quinta vez vaya la vencida y sobre todo, espero dejar un poquito de mí en este "cajón desastre" que es Internet. 

Hoy me gustaría reflexionar sobre un pequeño invento que, a mí por lo menos, me ha cambiado la vida. Literalmente. Quizás suene exagerado, pero he perdido la cuenta de la de disgustos (y quizás alguna que otra alegría) que me podría haber ahorrado si en enero de hace dos años los Reyes Magos en su infinita generosidad no me hubieran regalado un smart phone y yo no hubiera pulsado ingenuamente el botón descargar app. Os preguntaréis por qué a pesar de la de malentendidos y situaciones incómodas que se crean por culpa de esta aplicación casi mágica seguimos tropezando continuamente con la misma piedra (como corresponde a la estupidez de ser humano). Yo he llegado a dos conclusiones: la primera, que pecamos de demasiado cobardes y nos refugiamos detrás de una pantalla como si de un escudo protector se tratara para evitar comprobar en primera persona la repercusión que tienen nuestras palabras, y la segunda, que realmente no somos adictos a la tecnología sino a las personas. Nos aterran la soledad y el rechazo, necesitamos tener a las personas que nos importan siempre cerca para que los cimientos de nuestra vida no se tambaleen. Es más, llega un momento en que nuestra felicidad depende de un mensaje. Un mensaje que puede o no llegar (y a veces mejor que no llegue), un mensaje que puede o no leerse (y a veces mejor que no se lea). Podemos borrarlo sin ni si quiera leerlo o guardarlo para siempre como si eso nos hiciese capaces de retener el pasado más tiempo. Pero al fin y al cabo son solo eso, mensajes que viajan de un teléfono a otro y que acabarán desapareciendo con todas esas palabras que no nos atrevimos o que no pudimos decir mirando a los ojos de la otra persona.