Hoy, como todas las mañanas, ha sonado puntual la alarma de mi iPod a las 7.20h. de la mañana. Después de maldecir al destino por arrancarme de mi cama calentita me he levantado, he desayunado con mi padre y con mi hermana y he cogido el autobús para ir a la universidad. Hasta aquí, todo normal (o por lo menos, normal para cualquiera de nosotros). Sin embargo, a mitad de la jornada nos han comentado que en el salón de actos de la facultad se preestrenaba un documental sobre los niños que viven en Gaza tras el último bombardeo israelí en agosto de este mismo año. Como para perder clase cualquier excusa es buena (y más si en la sala había dos periodistas de renombre y hasta el mismísimo embajador palestino) mis compañeros y yo hemos ido completamente decididos a ver la película, llamada Nacido en Gaza. Los ojos de todos los espectadores que allí nos encontrábamos, sin excepción, han visto con una mezcla de horror y a la vez admiración como un Mohamed de menos de 16 años (aproximadamente) iba día tras día a recoger plásticos de un vertedero que transportaba en un carromato tirado por un jamelgo (probablemente enfermo) para poder mantener a su padre inválido, su madre enferma y sus dos hermanas con discapacidad mental. Así, historia tras historia, se nos ha ido encogiendo el corazón a todos los allí presentes que contemplábamos a través de una pantalla el drama y la fortaleza de varios niños que debían sobrevivir con restos de metralla en sus diminutos cuerpos y traumas psicológicos grabados a fuego en sus retinas para siempre. Y demostrando que el ser humano puede ser extraordinario, su único reclamo era "queremos vivir como un niño normal". Ni un solo mensaje de odio o venganza por sufrir la mayor ocupación colonial de la historia de la humanidad, de ver como sus familiares y vecinos mueren y como sus casas, colegios y hospitales quedan destruidos. Esos niños sólo querían que les sonara el despertador de madrugada para levantarse de su cama calentita, poder desayunar con su familia e irse a estudiar sin miedo a que en cualquier momento caiga una bomba sobre sus cabezas. Sin ser conscientes, querían ser como yo. He sentido vergüenza de mí misma al comprobar que lo que para mí era un suplicio para otros era un lujo. Más allá de la política, de jugar a "quién empezó primero", debemos tener siempre muy presente que no hay ser humano que resista vivir entre las ruinas, sin agua ni nada que llevarse a la boca, sin poder salir ni si quiera a pescar para subsistir o simplemente a conocer qué hay más allá de esa "cárcel a cielo abierto", como lo denomina el director de la película y periodista Hernán Zin. Tenemos suerte de no haber nacido en Gaza, pero no por ello debemos permanecer pasivos ante semejante injusticia, ajenos al dolor y al sufrimiento de tantas víctimas inocentes que desconocen a día de hoy el significado de la palabra "esperanza".