Hay veces que me gustaría no existir. Sé que es una afirmación que deja un regusto amargo e incluso puede sonar a cobardía más que a desesperación. Me auto-convenzo a mí misma de que no soy la única, seguro que más de uno ha querido tirar la toalla alguna vez. Pero hoy, casi por arte de magia, he descubierto algo que siempre ha estado ahí y, sin embargo, llevaba todo este tiempo pensando que lo había perdido. En muchas ocasiones las fuerzas flaquean. No hay nadie en quien confiar, estamos solos ante las adversidades, las personas que creíamos imprescindibles nos abandonan sin miramientos. Qué fácil es perder la fe en el ser humano, ¿verdad? Y lo peor, es que al mismo tiempo perdemos la fe en nosotros mismos. A pesar de todo, no debemos dejarnos confundir por las malas experiencias, las buenas personas están ahí, solo hay que perseverar en la búsqueda(calculo que por cada tres gilipollas hay una buena persona en el mundo). De hecho, podríamos decir que existen dos leyes inamovibles: quien nos quiere nos busca (y además te encuentra) y el orgullo nunca es más grande que el cariño que sentimos por una persona. Yo siempre procuro seguir esas dos reglas a rajatabla, en ocasiones sin ni siquiera darme cuenta. Pues bien, cuando cumplimos esas dos condiciones, la vida nos da nuestra recompensa, aunque a veces no sepamos apreciarla. Mi recompensa, a parte de una familia maravillosa, la componen varios tesoros: mis amigos. Personas que siempre están ahí cuando realmente las necesito, que a veces se ausentan, pero conocen siempre el momento clave para aparecer; que piden perdón sin reparos y que perdonan sin que hagan falta motivos para ello; que te quieren sin saber porqué, que renuncian a su ego para no perderme nunca, que me hacen reír cuando aparentemente no hay motivos para ello y que demuestran que la confianza y la lealtad no son cosa del pasado. A vosotros, a mis alegrías y mis consuelos, os doy las GRACIAS, con mayúsculas, por demostrarme día a día que merece la pena seguir luchando y que aquella persona que no me valora no merece mi tiempo ni mi sufrimiento. GRACIAS por elegirme para caminar a vuestro lado. Os prometo que no os arrepentiréis.