martes, 13 de enero de 2015

La maldición de ser "single"

El amor es algo maravilloso e indescriptible. Sucede sin más, cuando menos te lo esperas y te cambia los esquemas. Tener pareja es entregarse sin saber cómo ni por qué a otra persona, aceptando sus defectos y ensalzando sus virtudes. Sin embargo, hay algo terrible en todas (o casi todas) las parejas y es que están tan sumamente sumergidas en el éxtasis de su relación, que tienen la extraña creencia de que aquellos que no tenemos "compañero de viaje" somos unos desgraciados que nos dirigimos sin remedio hacia una vida triste y solitaria en la que recibiremos, únicamente, el amor incondicional de media docena de gatos ( y pobre aquel que sea alérgico). Sí, lo confieso, soy soltera y a mucha honra (si se me permite decirlo). Sin embargo, muchas amigas mías (incluso algún amigo esporádicamente) hacen alarde de su buena voluntad ejerciendo de Celestina cada vez que se les presenta la ocasión para encasquetarme un primo, un amigo, un vecino o un compañero de clase en su afán de evitar que caiga en una espiral de amargura y marginalidad. Así que, queridas amigas mías, citando a mi prima (que cuando quiere tiene sus momentos de lucidez) os digo lo siguiente: estamos como queremos. Porque sí, hay muchos peces en el mar, pero mis ganas de pescar son ahora mismo cero y descendiendo. Lo he pensado fríamente y después de hacer cálculos me he dado cuenta de que el dinero que me ahorro en regalos a mi novio, entre Navidades, cumpleaños y aniversarios, lo puedo invertir en Andorra y para cuando cumpla los 21 me iré a Las Vegas a gastármelo en una semana de vicios y desenfreno. Porque yo lo valgo. No sólo eso, también me ahorro el paripé con los suegros. Hay veces que no sabes si es mejor caerles mal o bien, porque en el segundo de los casos pasan de tenerte en el banquillo a sacarte de titular al campo cada vez que se tercia una reunión familiar. Y claro, cómo decirles que no a los futuros abuelos de tu estirpe. Es más, quizás no me preocupa  tanto la familia de él como la mía. En fin, ni pensarlo quiero. Todo esto por no decir que una relación de pareja es una fuente inagotable de estrés entre discusiones, celos y "te prometo que intenté llamarte, pero me quedé sin batería". Encima gano en salud mental (fíjate tú). Lo que os quiero transmitir, chicas, es que no dudo en ningún momento de vuestra buena fe, pero mi príncipe azul aun no ha llegado y no por ello se acaba el mundo. Si lo preferís, llamadme "single", que no deja de ser un anglicismo cursi (como tantos otros que invaden el castellano), pero da  un toque de sofisticación e independencia. Sofisticada, independiente y soltera. ¿Algún problema?