A lo largo de una semana uso el metro al menos ocho o diez veces, sin contar los fines de semana. Mis viajes en metro suelen ser cortos, pero a la vez intensos, porque me encanta observar a las personas que van en el vagón y reflexionar sobre lo que veo. No sé por qué no os he comentado antes que me crispa los nervios ver como algunos pasajeros aprietan sin descanso el botón de la puerta esperando, con fe ciega, que ocurra el milagro, sin hacer caso a su vocecita interior, que, desesperada, intenta advertirles que hasta que no comience a parpadear la luz, la puerta no se abrirá.