Esta semana he estado hablando sobre mi blog con un seguidor hasta ahora clandestino y me ha dicho que había llegado a dos conclusiones sobre mi forma de escribir. La primera, que era demasiado directa a la hora de expresar mis pensamientos u opiniones. No se lo pude negar. Es cierto que procuro ser clara, concisa, al fin y al cabo implacable, para evitar (en la medida de lo posible) que mis palabras se tergiversen. La segunda observación que me hizo fue que hablaba siempre en primera persona, sin hacer realmente partícipes a mis escasos lectores de las situaciones que me acontecían. Esto último me ha hecho reflexionar. Lo cierto es que nunca he pretendido buscar apoyo o solidaridad cuando he escrito, no ha sido hasta ahora mi intención que los demás se hayan sentido identificados con mis particulares enredos mentales. Supongo que escribir, en mi caso, es una herramienta para conocerme a mí misma, para vaciar mi alma (por excesivamente romántico que suene) y así, en un alarde de egocentrismo, compartir mis inquietudes morales y emocionales con todo aquel que se preste a ello. Esta semana ha sido especialmente confusa a nivel sentimental. No sabría decir por qué, pero se me han agolpado todas las emociones de repente, sin previo aviso, como una tormenta de verano que nubla un cielo amablemente azul y lo convierte en una masa húmeda y gris que, en apenas una o dos horas, arrasa con todo lo que se encuentra bajo ella. Corta e intensa. Después llega la calma, pero aun permanece el olor a tierra mojada y la sensación de que el verano se ha desvanecido por unos instantes sin ni si quiera despedirse de los que, pacientemente, hemos esperado nueve largos meses de frío para ver su rostro. Nunca tengo la sensación de que la calma ha llegado por completo a mi vida. No es tristeza ni rabia, es la sensación de no haber encontrado mi sitio aun, de no saber qué quiero ni cómo lo quiero. Así pues, retomando la segunda cuestión, apenas comprendo mi propia existencia individual como para hablar de experiencias comunitarias. Porque la mayoría de las veces la vida no es blanca o negra, porque hay días que simplemente el mundo se vuelve gris. Como las tormentas de verano.