Llega un momento de tu vida en que sientes que estás harta, muy harta. A unos les llega antes, a otros después. A mí me ha llegado ahora. Desde que entré en el colegio, siempre he sabido que era una de esas personas que no pasaba desapercibida. No sé si era por mi piel semi-transparente, por mis orejas de soplillo, porque me pasaba la vida cantando y bailando (aunque no hubiera música de fondo, ya la ponía yo)o porque crecer rodeada de abogados hizo que desde los dos años y medio hablara con completa corrección. Puede que solo fuera por uno de estos factores o incluso por una combinación de todos ellos, pero el caso es que nunca he sido indiferente para los demás. Y eso da rabia. A los demás, claro. Nunca he sido muy dada a buscar la aprobación del resto de la gente, me parece innecesario y al mismo tiempo imposible caerle bien a todo el mundo. Sin embargo, lo cortés no quita lo valiente. Me gusta cuidar a las personas que me quieren (y, por desgracia, a las personas que no me quieren también), simplemente me entrego, me lanzo al abismo, porque la felicidad de los que me rodean es una contribución a mi propia felicidad. A lo mejor suena egoísta o incluso peco de poca humildad, aunque siempre he creído que "humildad" y "modestia" son dos términos diferentes. Ser humilde es tener la capacidad de reconocer y asumir que siempre habrá alguien mejor que tú, lo cual me parece una muy buena cualidad (y muy sana, por cierto), mientras que ser modesto es mentir sobre tus propias habilidades o talentos para no parecer arrogante, es una cuestión social. Por tanto, según mi propia clasificación, considero que soy humilde, no modesta. Una vez aclarado este punto, prosigo. El caso es que mi esfuerzo por los demás no siempre o, mejor dicho, casi nunca, se ve recompensado. Unas veces es porque esas personas no tienen mi mismo nivel de auto-exigencia personal, lo que no quiere decir que no me quieran ni mucho menos que no vayan a estar a mi lado cuando realmente lo necesite, sencillamente tienen otra forma de vivir el amor o la amistad. Sin embargo, muchas veces ocurre que "yo te doy la mano, tú agarra todo el brazo", como dice Jarabe de Palo en su canción Grita. Porque las apariencias engañan, porque quien parece tu mejor amigo resulta ser tu peor enemigo, porque hay quien se muerde la lengua y se envenena, porque a la espalda somos todos muy valientes. Porque la gente es egoísta, interesada, maleducada, arrogante, inflexible, intransigente, irrespetuosa. Ya está bien de tonterías y de pataletas al más puro estilo de un niño de preescolar (con todos mis respetos hacia los niños de preescolar). Y sí, soy humana y cometo errores como la que más, pero no por eso merezco desprecio, ni resentimiento, ni puñaladas traperas, ni muchísimo menos faltas de respeto. No pienso ir detrás de quien no me quiere, no pienso pedir perdón solo para contentar a los demás, no pienso callarme ni esconderme. Nunca lo he hecho y ahora todavía menos. Yo sé lo que valgo y lo que merezco y no pretendo conformarme con menos. Y las personas que realmente me quieren (y a las que pienso seguir cuidando con toda mi alma) también lo saben. Os dedico estas líneas a todos los que alguna vez habéis intentado hacerme daño. Mucha suerte la próxima vez. Desde luego, hoy no lo vais a conseguir. Termino parafraseando a Madonna: no importa si hablan mal o bien de ti. Lo importante es que hablen. Dicho queda.