domingo, 26 de abril de 2015

Salta

En verano del 2013 se celebró en Barcelona el mundial de natación. Siempre me han fascinado los deportes acuáticos, por esa razón, seguí con atención muchas de las competiciones. Una tarde tuve la suerte de que nada más encender la televisión estuvieran retransmitiendo una de las competiciones que más me gusta: salto de trampolín. Siempre me quedo absorta viendo como esos cuerpos aparentemente férreos consiguen bailar con el viento como si se tratase de plumas que no paran de hacer piruetas en su desesperado intento de retrasar su inevitable caída al suelo (o en este caso, al agua). El escenario era inmejorable: una imponente azotea que dejaba a sus pies una panorámica completa de la ciudad condal. Una tras una todas las nadadoras luchaban contra sus nervios para subir la escalerilla que podría llevarles al podio. Llegó el turno de la nadadora británica. Me avergüenza reconocer que no recuerdo su nombre, aunque lo que realmente importa es la lección que me enseñó. Su salto fue desastroso. En cuestión de segundos se cerraron a cal y canto las puertas que la iban a llevar a la final. Imaginé por un momento la decepción y la frustración de haber estado entrenando de sol a sol durante meses, durante años, con el único objetivo de ser la mejor para finalmente no conseguir traspasar la línea de la mediocridad. Sin embargo, a pesar de haber sido descalificada, aun tenía que saltar en la siguiente ronda. Otra vez volvió a enfrentarse cara a cara con aquel trampolín. Y, de repente, ocurrió. Sacó una de las máximas puntuaciones de la tarde, por encima incluso de algunas  rivales que sí habían conseguido clasificarse. No estuvo dispuesta a resignarse, a tirar por aquella azotea de Barcelona tanto esfuerzo y sacrificio. Ella había llegado hasta allí para triunfar y no estaba dispuesta a irse sin conseguirlo. La conclusión que saqué de esta historia es que no sirve de nada que nos anclemos en el pasado y nos recreemos en nuestras propias desgracias. Hemos luchado mucho y no debemos rendirnos jamás, es una cuestión de amor propio, de dignidad, y no podemos permitirnos el lujo de esperar una próxima oportunidad. Como dice mi abuela "la suerte no aparece, hay que ir a buscarla". Aquella nadadora no ganó el mundial de 2013, pero desde mi punto de vista, fue la campeona indiscutible.