Una vez, tras un patinazo amoroso (de los muchos que he tenido) mi madre me dijo: "con los hombres hay que ser misteriosa. Nunca le digas de buenas a primeras a un hombre todo lo que sientes por él o se confiará". Siempre he tenido presentes estas palabras en mis relaciones posteriores porque, como siempre (aunque me cueste admitirlo), mi madre tiene razón. Sin embargo, ella no contaba con que el misterio no es precisamente lo que me caracteriza. Las puertas de lo que podríamos denominar "mi mundo interior" suelen estar abiertas de par en par. Así me va. Soy transparente y frágil como un cristal. Por esa razón, en los últimos años he hecho grandes esfuerzos por blindarme a mí misma y construirme un escudo a prueba de bombas. Pero como la perfección no es un término que vaya asociado a la raza humana, en todo escudo hay fisuras. Y así fue como, sin ni si quiera darme cuenta, por una de mis fisuras se coló una persona que en muy poco tiempo me ha enseñado muchas cosas. Me ha enseñado que en el mundo aun existe gente sin maldad, que el valor de una persona no está en lo que piensan los demás, sino en cuanto se hace valer; que la mentira es un daño irreparable, que el amor implica entrega, pero nunca perder la dignidad; que cuando realmente sientes pasión por algo nada ni nadie te puede detener y que cuando bajas la guardia, de repente, ocurren las cosas que merecen la pena en la vida. Quizás estoy pecando de poco misteriosa, pero he llegado a la conclusión de que los hombres, al igual que nosotras, también necesitan que alguien les diga un "te quiero" de vez en cuando. Sea como sea, hay cosas que no se deben decir. Y aun así se dicen.