domingo, 17 de mayo de 2015

Momentos de debilidad aleatoria

Llevo varios días dando vueltas, pensando sobre qué escribiría mi próxima entrada. La inspiración es escurridiza y caprichosa. Me he sentado frente al ordenador y lo primero que he pensado ha sido: "ya no puedo más". Siempre estamos en plena guerra con nosotros mismos: queremos ser los más guapos, los más simpáticos, los más brillantes, los mejores en todo. No terminamos de pelear una batalla y acto seguido estamos inmersos en otra. Siempre con la sonrisa puesta y con un letrero invisible en la frente que reza "envídiame". Porque está mal decirlo, pero nos encanta que nos envidien. Parafraseando a Rousseau: el hombre es narcisista por naturaleza. Rendirse es todo un fracaso. Rendirse es un tabú, una deshonra, una pérdida instantánea de la dignidad. Pero, ¿qué es exactamente rendirse? Yo, particularmente, soy de esas personas que nadan sin parar a contracorriente y que cuando llega un barco de rescate solo saben decir "estoy bien". Eso es lo que hay que decir, que estamos bien. ¿Y si no lo estamos? ¿Y si a mitad de camino simplemente dejamos que nos lleve la corriente? ¿Nos tragará el mar o llegaremos a buen puerto? Yo me hago estas preguntas todos los días y nunca saco nada en claro. Lo único que sé es que los brazos y las piernas se me están entumeciendo de tanto nadar. La corriente es cada vez más fuerte y todavía no he visto la luz del faro. Mi auto-exigencia no me permite pedir ayuda, no me permite lágrimas ni autocompasión. Sin embargo, a veces mi condición de ser humano me hace dar un pequeño traspiés, un momento de debilidad aleatoria que se marcha tan pronto como aparece, pero que deja estragos una vez se calma la tempestad. Y he aquí la gran pregunta ¿es eso rendirse? ¿Está realmente permitido no estar bien (y, sobre todo, decir que no se está bien) aunque solo sea por un instante?