martes, 14 de julio de 2015

No. Adverbio de negación. Dos letras cargadas de significado, de orgullo, de decisión. Hay que ser muy valiente para decir "no". O muy arrogante, según se vea. Yo soy del tipo de personas que tiene una especie de aversión a decir la palabra prohibida. Me impone, me supera, me hace sombra. Quizás es porque soy demasiado nostálgica, me resulta difícil despegarme del pasado. O a lo mejor es porque tengo una especie de trastorno sin diagnosticar: me horroriza decepcionar a los demás. Puede que haya otros cientos de motivos por los que la palabra "no" nunca sale de mis labios, pero se acabó, me planto. La felicidad de los demás no depende de mí y recientemente he descubierto que mi felicidad tampoco está en manos de otras personas. Me encuentro en una etapa de transición en mi vida que me gusta denominar "la liberación del no". Ahora tengo el poder de decidir qué es lo que quiero y sobre todo, cuando lo quiero. Basta de segundas oportunidades inútiles, del absurdo "sí" por compromiso, de poner la otra mejilla, de agachar la cabeza y asentir como el rebaño. No. No me apetece, no me da la gana, no quiero. Habrá quien me rechace, quien me envidie, quien se aleje, pero también habrá quien me quiera como soy, con mis síes y, sobre todo, con mis noes. Así pues, para celebrar con vosotros mi Renacimiento personal, os dejo con ella, con la voz que se atrevió a decir "no"  y, además, escribió una canción.