jueves, 4 de diciembre de 2014

Adiós, adiós

En mis escasos diecinueve años de vida he aprendido dos lecciones importantes: la primera, que no sabes lo que es estar enamorado hasta que realmente lo estás, y la segunda, que hay que aprender a decir "adiós". En este mundo hay una clase de personas que podríamos calificar de "tóxicas", personas que son como una droga: nos aportan unos escasos momentos de éxtasis mientras nos va matando lentamente por dentro. Según mi experiencia pueden pasar dos cosas, o bien nos acaban destruyendo o bien se marchan sin más. Lo más probable es que nos ocurra lo segundo y que por más que lo veamos venir nunca estamos preparados para afrontar ese momento. Una vez que se marchan, se suceden tres fases. La primera es la de asimilación, necesitamos un tiempo para concienciarnos de que ya no están en nuestra vida y no volverán (o sí, porque tocahuevos hay en todas partes). La segunda es la de tristeza (no hace falta explicar en qué consiste). Y la tercera, para mí la peor con diferencia, es la del vacío. El vacío es algo así como estar perdido en medio de la nada sin saber qué hacer ni hacia dónde ir. Es un instante de angustia en el que ni siquiera sabemos lo que sentimos. Esta fase es clave, porque la mayoría de las veces intentamos retroceder para buscar un punto de referencia y es en ese momento cuando más nos consume el vacío. Yo he llegado a la conclusión de que si el ser humano es capaz de sobrevivir sin un riñón, sin un techo, sin beber y sin comer, incluso sin esperanza, también es capaz de sobrevivir (y, por supuesto, de vivir) sin todas esas personas tóxicas. Al fin y al cabo el tiempo vuela y se lo lleva todo, lo que hoy nos hace sufrir mañana ni si quiera tendrá importancia, así que más nos vale aprovechar cada segundo como si fuera el último y, sobre todo, dar gracias por todo lo que tenemos (que no es poco).