A lo largo de una semana uso el metro al menos ocho o diez veces, sin contar los fines de semana. Mis viajes en metro suelen ser cortos, pero a la vez intensos, porque me encanta observar a las personas que van en el vagón y reflexionar sobre lo que veo. No sé por qué no os he comentado antes que me crispa los nervios ver como algunos pasajeros aprietan sin descanso el botón de la puerta esperando, con fe ciega, que ocurra el milagro, sin hacer caso a su vocecita interior, que, desesperada, intenta advertirles que hasta que no comience a parpadear la luz, la puerta no se abrirá. Contemplo a diario esta escena que me enerva al mismo tiempo que me enternece, porque no deja de ser un acto de ingenuidad. Y yo, aún más ingenua, me convenzo a mí misma de mi superioridad intelectual y me entristezco al pensar que vivo constantemente rodeada de borregos. Pero hoy, la realidad se ha impuesto y caído sobre mí como el cubo de agua helada del famoso Ice Bucket Challenge. Resulta que yo soy todavía más estúpida que los ilusos del metro. A lo largo de mi vida, me dedico día tras día a presionar el botón, una y otra vez, sin descanso, ignorando que la puerta se abrirá única y exclusivamente cuando comience a parpadear la luz. Ni si quiera sé a dónde me llevará la puerta. Cuánta impotencia, cuánta frustración (inútil). Nosotros mismos creamos nuestras propias decepciones e inseguridades. Por más que pase el tiempo, no siempre estamos preparados para dejar atrás el pasado y dejar de cargar la pesada losa de los recuerdos. Hay veces que simplemente hay que nadar a favor de la corriente y pararse a pensar. Ya lo dijo algún sabio alguna vez en la historia: "no por mucho madrugar, amanece más temprano". Lo mejor está por llegar, pero llegará en el momento adecuado y solo entonces la luz parpadeará, la puerta se abrirá y estaremos preparados para cruzar al otro lado. No soy una persona especialmente optimista ni me considero una adicta a los artículos de Mr Wonderful, sin embargo, sé con certeza que cuando menos lo esperamos, ocurre lo mejor. Y si no (que lo dudo), debemos recordar siempre que todo lo bueno que tenemos ahora, algunas personas ni si quiera sueñan con tenerlo. Y así es como los borregos nos convertimos de nuevo en seres humanos.
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