Las ideologías se fundamentan en convicciones, en ideas que nos son inculcadas desde pequeños o en una experiencia que nos revela quiénes somos y por qué debemos luchar. Bueno, por lo menos así debería ser. Sin embargo, he observado últimamente que en este mundo globalizado e interconectado en el que vivimos, cada vez es más difusa la línea que separa ideología de moda. Ahora lo que se lleva es ser de izquierdas, mejor dicho, de extrema izquierda. Yo procuro tener la mente abierta. Me gusta escuchar lo que opinan los demás y los motivos que les llevan a opinar esa determinada manera, porque muchas veces descubro que quizás estaba equivocada respecto a algún tema particular o aprendo a ver las cosas con una perspectiva distinta. El conflicto y la diferencia de ideas llevan al progreso (yo, por lo menos, estoy convencida de ello). Pero hay cosas por las que no paso. Resulta que ahora Venezuela es el paraíso terrenal. No he estado nunca en Venezuela, ni siquiera conozco con detalle su historia y sus costumbres, pero a pesar de mi ignorancia, he tenido la oportunidad de ver de cerca los ojos llorosos y los puños apretados de rabia de muchos venezolanos de mi entorno que observan con impotencia como sus familias al otro lado del océano no tienen qué llevarse a la boca ni una triste aspirina para el dolor de cabeza. Muy utópico no será aquello cuando todos ellos tiene miedo de regresar a su propia tierra. Otra cosa que me hace mucha gracia es la curiosa identificación que se hace ahora entre patriotismo y fascismo. No sabía que por estar orgullosa de mi país (ojo, no de sus políticos) fuese una inquisidora franquista. Los alemanes cantan el himno y hondean su bandera sin ser por ello monstruos antisemitas. Aunque claro, cuando la selección ganó el Mundial de Sudáfrica, de repente éramos todos muy españoles. Así todo. Lo que más me revienta con diferencia es que hablen de respeto, de igualdad y de tolerancia aquellos que arremeten contra las creencias de los demás. Yo soy católica. No pretendo que los demás también lo sean (es más, tal y como está el mundo creer en Dios me parece todo un reto). Tampoco es mi intención que el Estado mantenga las instituciones de la Iglesia, con las que no suelo sentirme identificada, la verdad sea dicha. Sólo pido que no se me juzgue por el hecho de practicar mi religión con plena libertad al igual que yo no juzgo a los musulmanes, los judíos, los budistas o los ateos. Porque no, no todos los curas son pederastas ni todos los católicos somos homófobos ni mucho menos estamos en contra de los avances de la ciencia (un cáncer no se cura con oraciones, somos católicos, no gilipollas). Los extremos SIEMPRE son malos y la historia se encarga de recordárnoslo: tan terrible me parece el nazismo como el comunismo soviético. La objetividad es un una cualidad que se está perdiendo, nos dejamos llevar por simpatías absurdas (me incluyo) y nos olvidamos de contrastar la información con la que nos bombardean los medios a diario así como valorar todos los puntos de vista antes de sacar conclusiones y emitir juicios que, en la mayoría de las ocasiones, pueden hacer mucho daño.