martes, 24 de marzo de 2015

La canción

Hoy dejo de lado mi vena reivindicativa. Porque sí, porque me da la gana. 

Soy una fanática de la música Pop, no sólo me gusta escucharla sino que además me considero cantante y compositora aficionada.Dejando a un lado este pequeño momento de egocentrismo, he de confesar que uno de los objetivos de mi vida ha sido encontrar mi canción. Sí, mi canción, esa canción que suena de fondo en los momentos cruciales de tu vida, como si de una banda sonora particular se tratase, y que cada vez que la escuchas te estremece, te lleva a otra dimensión. Encontrar mi canción era uno de mis grandes objetivos, algo así como encontrar el amor de mi vida. De hecho, el proceso es muy parecido: la primera vez que la escuchas te atrapa, como un cepo de caza, pero al mismo tiempo te suscita ciertas dudas; después te seduce lentamente,se convierte casi  como en una droga y cada vez que la escuchas te gusta más; después hay un momento de crisis, hay otras canciones que te transmiten sensaciones diferentes o simplemente ya no sientes que esa canción encaje en tu vida; sin embargo, llega un día en el que de repente la escuchas, por casualidad, como si se tratara de un plan divino, y por fin tienes la sensación de estar en casa.  Recuerdo la primera vez que escuché Halo. Se me empañaron los ojos y se me erizó la piel, podía ver incluso el halo del que hablaba Beyoncé, con esa voz que tan pronto se rompe en lamentos como cae cual chorro de agua en una cascada, imponente y solemne. Creí que por fin la había encontrado, pero me equivocaba. Cuando descubres en qué consiste de verdad esto que llaman vivir, te das cuenta de que lo que antes te parecía trascendental ahora carece de importancia. Es en ese preciso momento cuando, sin más, aparece, en el segundo exacto, en el instante preciso. Ahí está. Mi canción me encontró hace dos años, en el punto de inflexión de mi vida, y me ha traído muchas alegrías y otras tantas decepciones. Pero cada vez que la escucho me absorbe, me evade del mundo y me hace estar en paz conmigo misma. Os dejo con el verdadero amor de mi vida, el único que nunca tendrá la tentación de dejarme:


miércoles, 4 de marzo de 2015

Et Dieu crea la femme

Brigitte Bardot fue una de las mujeres más deseadas durante las décadas de los 50 y los 60 gracias al estreno de Y Dios creó a la mujer. A día de hoy, multitud de modelos, celebridades y revistas de moda recrean su melena rubia y sus ojos enmarcados en negro. Sin embargo, parece que todos olvidan que la figura de la fabulosa BB evocaba más a un reloj de arena que a un palo de escoba. ¿Por qué os cuento todo esto? Os lo cuento porque hace una o dos semanas leí horrorizada una noticia que debería escandalizar a toda la sociedad y sobre todo a las mujeres. Resulta que si actualmente diosas como Cindy Crawford, Claudia Schiffer o Linda Evangelista quisieran dedicarse al glamuroso (y en parte escalofriante) mundo de la moda, serían consideradas modelos de talla grande. Es decir, los grandes iconos de belleza femeninos de los 90, las mujeres más perseguidas y envidiadas de la década, serían consideradas obesas mórbidas por aquellos que ahora, en pleno siglo XXI, cortan el bacalao en el backstage de los grandes desfiles. No sé a vosotros, pero a mí particularmente me escandaliza. Todavía hay más. Parecer ser que la modelo alemana Heidi Klum en sus inicios fue rechaza por estar "demasiado gorda". Para los que no la conozcáis, Heidi ha sido durante años uno de los flamantes ángeles de Victoria´s Secret. Suma y sigue. Ahora está de moda estar delgada hasta dar grima, parecer, como os decía antes, un palo de escoba. No sólo es aberrante luchar contra la naturaleza de la mujer, que desde tiempo inmemoriales se ha caracterizado por tener una figura completamente curvilínea, sino que además esta nueva moda es un atentado contra la salud física y psicológica de millones de mujeres a lo largo y ancho del planeta. Yo, que he visto de cerca los estragos de la anorexia, me indigno sobremanera al ver como la cúpula de la moda hace apología de una enfermedad tan seria, que no sólo destruye a quien la padece sino también a aquellos que están a su alrededor. Mi abuela, en su infinita sabiduría, ha elaborado una teoría al respecto. Según ella, la raíz del problema está en que la mayoría de los grandes modistos son homosexuales y, por esta razón, quieren que sus maniquíes femeninos tengan una figura lo más andrógina posible, de acuerdo con sus preferencias sexuales. Quizás sea cierto, puede. Sea como fuere, mi postura es clara y contundente. Además, por si esto fuera poco, como respuesta ha surgido un movimiento dentro del mundo de la moda que apuesta por tendencias más transgresoras que ensalzan a la mujer obesa. Sí, hay modelos de tallas grandes que triunfan. Y no, eso tampoco es, tan malo me parece estar desnutrida como sobrepasar un límite de peso saludable. En fin, os dejo con Heidi (bajo estas líneas), Cindy y Claudia (debajo de la foto anterior) para que juzguéis vosotros mismos. ¡Vivan las curvas!