En verano del 2013 se celebró en Barcelona el mundial de natación. Siempre me han fascinado los deportes acuáticos, por esa razón, seguí con atención muchas de las competiciones. Una tarde tuve la suerte de que nada más encender la televisión estuvieran retransmitiendo una de las competiciones que más me gusta: salto de trampolín. Siempre me quedo absorta viendo como esos cuerpos aparentemente férreos consiguen bailar con el viento como si se tratase de plumas que no paran de hacer piruetas en su desesperado intento de retrasar su inevitable caída al suelo (o en este caso, al agua). El escenario era inmejorable: una imponente azotea que dejaba a sus pies una panorámica completa de la ciudad condal. Una tras una todas las nadadoras luchaban contra sus nervios para subir la escalerilla que podría llevarles al podio. Llegó el turno de la nadadora británica. Me avergüenza reconocer que no recuerdo su nombre, aunque lo que realmente importa es la lección que me enseñó. Su salto fue desastroso. En cuestión de segundos se cerraron a cal y canto las puertas que la iban a llevar a la final. Imaginé por un momento la decepción y la frustración de haber estado entrenando de sol a sol durante meses, durante años, con el único objetivo de ser la mejor para finalmente no conseguir traspasar la línea de la mediocridad. Sin embargo, a pesar de haber sido descalificada, aun tenía que saltar en la siguiente ronda. Otra vez volvió a enfrentarse cara a cara con aquel trampolín. Y, de repente, ocurrió. Sacó una de las máximas puntuaciones de la tarde, por encima incluso de algunas rivales que sí habían conseguido clasificarse. No estuvo dispuesta a resignarse, a tirar por aquella azotea de Barcelona tanto esfuerzo y sacrificio. Ella había llegado hasta allí para triunfar y no estaba dispuesta a irse sin conseguirlo. La conclusión que saqué de esta historia es que no sirve de nada que nos anclemos en el pasado y nos recreemos en nuestras propias desgracias. Hemos luchado mucho y no debemos rendirnos jamás, es una cuestión de amor propio, de dignidad, y no podemos permitirnos el lujo de esperar una próxima oportunidad. Como dice mi abuela "la suerte no aparece, hay que ir a buscarla". Aquella nadadora no ganó el mundial de 2013, pero desde mi punto de vista, fue la campeona indiscutible.
A medio camino entre lo humano y lo divino. Digo lo que pienso porque si no lo digo reviento. Bienvenidos al interior de mi mente. Os invito a descubrir lo que me inquieta, lo que me indigna, lo que me emociona y, sobre todo, lo que me encanta: escribir para vosotros.
domingo, 26 de abril de 2015
martes, 7 de abril de 2015
Cosas que no se deben decir
Una vez, tras un patinazo amoroso (de los muchos que he tenido) mi madre me dijo: "con los hombres hay que ser misteriosa. Nunca le digas de buenas a primeras a un hombre todo lo que sientes por él o se confiará". Siempre he tenido presentes estas palabras en mis relaciones posteriores porque, como siempre (aunque me cueste admitirlo), mi madre tiene razón. Sin embargo, ella no contaba con que el misterio no es precisamente lo que me caracteriza. Las puertas de lo que podríamos denominar "mi mundo interior" suelen estar abiertas de par en par. Así me va. Soy transparente y frágil como un cristal. Por esa razón, en los últimos años he hecho grandes esfuerzos por blindarme a mí misma y construirme un escudo a prueba de bombas. Pero como la perfección no es un término que vaya asociado a la raza humana, en todo escudo hay fisuras. Y así fue como, sin ni si quiera darme cuenta, por una de mis fisuras se coló una persona que en muy poco tiempo me ha enseñado muchas cosas. Me ha enseñado que en el mundo aun existe gente sin maldad, que el valor de una persona no está en lo que piensan los demás, sino en cuanto se hace valer; que la mentira es un daño irreparable, que el amor implica entrega, pero nunca perder la dignidad; que cuando realmente sientes pasión por algo nada ni nadie te puede detener y que cuando bajas la guardia, de repente, ocurren las cosas que merecen la pena en la vida. Quizás estoy pecando de poco misteriosa, pero he llegado a la conclusión de que los hombres, al igual que nosotras, también necesitan que alguien les diga un "te quiero" de vez en cuando. Sea como sea, hay cosas que no se deben decir. Y aun así se dicen.
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