Hay veces que me gustaría no existir. Sé que es una afirmación que deja un regusto amargo e incluso puede sonar a cobardía más que a desesperación. Me auto-convenzo a mí misma de que no soy la única, seguro que más de uno ha querido tirar la toalla alguna vez. Pero hoy, casi por arte de magia, he descubierto algo que siempre ha estado ahí y, sin embargo, llevaba todo este tiempo pensando que lo había perdido. En muchas ocasiones las fuerzas flaquean. No hay nadie en quien confiar, estamos solos ante las adversidades, las personas que creíamos imprescindibles nos abandonan sin miramientos. Qué fácil es perder la fe en el ser humano, ¿verdad? Y lo peor, es que al mismo tiempo perdemos la fe en nosotros mismos. A pesar de todo, no debemos dejarnos confundir por las malas experiencias, las buenas personas están ahí, solo hay que perseverar en la búsqueda(calculo que por cada tres gilipollas hay una buena persona en el mundo). De hecho, podríamos decir que existen dos leyes inamovibles: quien nos quiere nos busca (y además te encuentra) y el orgullo nunca es más grande que el cariño que sentimos por una persona. Yo siempre procuro seguir esas dos reglas a rajatabla, en ocasiones sin ni siquiera darme cuenta. Pues bien, cuando cumplimos esas dos condiciones, la vida nos da nuestra recompensa, aunque a veces no sepamos apreciarla. Mi recompensa, a parte de una familia maravillosa, la componen varios tesoros: mis amigos. Personas que siempre están ahí cuando realmente las necesito, que a veces se ausentan, pero conocen siempre el momento clave para aparecer; que piden perdón sin reparos y que perdonan sin que hagan falta motivos para ello; que te quieren sin saber porqué, que renuncian a su ego para no perderme nunca, que me hacen reír cuando aparentemente no hay motivos para ello y que demuestran que la confianza y la lealtad no son cosa del pasado. A vosotros, a mis alegrías y mis consuelos, os doy las GRACIAS, con mayúsculas, por demostrarme día a día que merece la pena seguir luchando y que aquella persona que no me valora no merece mi tiempo ni mi sufrimiento. GRACIAS por elegirme para caminar a vuestro lado. Os prometo que no os arrepentiréis.
A medio camino entre lo humano y lo divino. Digo lo que pienso porque si no lo digo reviento. Bienvenidos al interior de mi mente. Os invito a descubrir lo que me inquieta, lo que me indigna, lo que me emociona y, sobre todo, lo que me encanta: escribir para vosotros.
lunes, 25 de mayo de 2015
domingo, 17 de mayo de 2015
Momentos de debilidad aleatoria
Llevo varios días dando vueltas, pensando sobre qué escribiría mi próxima entrada. La inspiración es escurridiza y caprichosa. Me he sentado frente al ordenador y lo primero que he pensado ha sido: "ya no puedo más". Siempre estamos en plena guerra con nosotros mismos: queremos ser los más guapos, los más simpáticos, los más brillantes, los mejores en todo. No terminamos de pelear una batalla y acto seguido estamos inmersos en otra. Siempre con la sonrisa puesta y con un letrero invisible en la frente que reza "envídiame". Porque está mal decirlo, pero nos encanta que nos envidien. Parafraseando a Rousseau: el hombre es narcisista por naturaleza. Rendirse es todo un fracaso. Rendirse es un tabú, una deshonra, una pérdida instantánea de la dignidad. Pero, ¿qué es exactamente rendirse? Yo, particularmente, soy de esas personas que nadan sin parar a contracorriente y que cuando llega un barco de rescate solo saben decir "estoy bien". Eso es lo que hay que decir, que estamos bien. ¿Y si no lo estamos? ¿Y si a mitad de camino simplemente dejamos que nos lleve la corriente? ¿Nos tragará el mar o llegaremos a buen puerto? Yo me hago estas preguntas todos los días y nunca saco nada en claro. Lo único que sé es que los brazos y las piernas se me están entumeciendo de tanto nadar. La corriente es cada vez más fuerte y todavía no he visto la luz del faro. Mi auto-exigencia no me permite pedir ayuda, no me permite lágrimas ni autocompasión. Sin embargo, a veces mi condición de ser humano me hace dar un pequeño traspiés, un momento de debilidad aleatoria que se marcha tan pronto como aparece, pero que deja estragos una vez se calma la tempestad. Y he aquí la gran pregunta ¿es eso rendirse? ¿Está realmente permitido no estar bien (y, sobre todo, decir que no se está bien) aunque solo sea por un instante?
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)