No. Adverbio de negación. Dos letras cargadas de significado, de orgullo, de decisión. Hay que ser muy valiente para decir "no". O muy arrogante, según se vea. Yo soy del tipo de personas que tiene una especie de aversión a decir la palabra prohibida. Me impone, me supera, me hace sombra. Quizás es porque soy demasiado nostálgica, me resulta difícil despegarme del pasado. O a lo mejor es porque tengo una especie de trastorno sin diagnosticar: me horroriza decepcionar a los demás. Puede que haya otros cientos de motivos por los que la palabra "no" nunca sale de mis labios, pero se acabó, me planto. La felicidad de los demás no depende de mí y recientemente he descubierto que mi felicidad tampoco está en manos de otras personas. Me encuentro en una etapa de transición en mi vida que me gusta denominar "la liberación del no". Ahora tengo el poder de decidir qué es lo que quiero y sobre todo, cuando lo quiero. Basta de segundas oportunidades inútiles, del absurdo "sí" por compromiso, de poner la otra mejilla, de agachar la cabeza y asentir como el rebaño. No. No me apetece, no me da la gana, no quiero. Habrá quien me rechace, quien me envidie, quien se aleje, pero también habrá quien me quiera como soy, con mis síes y, sobre todo, con mis noes. Así pues, para celebrar con vosotros mi Renacimiento personal, os dejo con ella, con la voz que se atrevió a decir "no" y, además, escribió una canción.
A medio camino entre lo humano y lo divino. Digo lo que pienso porque si no lo digo reviento. Bienvenidos al interior de mi mente. Os invito a descubrir lo que me inquieta, lo que me indigna, lo que me emociona y, sobre todo, lo que me encanta: escribir para vosotros.
martes, 14 de julio de 2015
jueves, 2 de julio de 2015
Silencio (por favor)
Nos quieren. Nos quieren callados, sumisos, dóciles, inertes. El Gobierno ha puesto un cartel de "no molestar", igual que un cliente en un hotel cuando se dispone a hacer algo sucio entre las cuatro paredes de su habitación. Ayer se llevó a cabo el último intento de degradar, aun más si cabe, la democracia española. No he tenido todavía la oportunidad de leer punto por punto la famosa "Ley mordaza", pero sí que he podido rescatar alguna perla. Parece ser que está prohibido manifestarse delante de las Cortes y las asambleas autonómicas aunque no estén reunidas, no sea que perturbemos la siesta de los cuatro gatos que deciden hacer acto de presencia o que, por nuestra culpa, la señora Celia Villalobos pierda vidas del Candy crush. Se permite, en cambio, que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado emitan sanciones sin necesidad de un juez. Yo siento un profundo respeto por la Policía y la Guardia Civil, pero todos sabemos que otorgar a una institución competencias que en principio no le corresponden, de tal manera que se incrementa su poder, favorece la tiranía y la corrupción. Por otra parte, queda prohibido grabar imágenes o sacar fotografías a los miembros de los Cuerpos de Seguridad. Esta sanción me parece un arma de doble filo, ya que impide identificar a los agentes que se extralimitan en el ejercicio de sus funciones, pero al mismo tiempo los protege tanto a ellos como a sus familias de posibles represalias. Están prohibidas también las sentadas pacíficas. Sí, repito: PACÍFICAS. Que alguien me lo explique porque mi cerebro aun sigue procesando esta última información. He de decir que se ha especulado mucho sobre esta ley. Por ejemplo, en ningún caso viene recogido (al menos no explícitamente) que se prohíba la manifestación de disconformidades con el poder a través de las redes sociales. Incluso me atrevo a decir, arriesgándome a ser lapidada por los más intransigentes, que estoy de acuerdo con algunos puntos de la ley, como suprimir la violencia en las manifestaciones o la persecución tanto del tráfico como del consumo de sustancias estupefacientes. Veo ilógico, por ejemplo, que en una huelga los sectores más radicales saboteen a sus propios compañeros y atenten contra su libre derecho a trabajar. Tampoco creo que se deban consentir actitudes violentas (ojo, no solo por parte de los agentes, sino también de muchos manifestantes) que no hacen más que perjudicar a aquellos que legítimamente defienden sus ideas de forma pacífica, al igual que no me parece de recibo el deterioro de lugares públicos como edificios, plazas o parques "justificado" por la reivindicación. Porque no nos engañemos, por muy antisistema que seamos, si vemos a un individuo incendiando un contenedor frente a nuestra vivienda o nuestro lugar de trabajo, lo más probable es que lo mandemos de una patada a prenderle fuego a su puta casa, hablando mal y pronto. Ni tanto ni tan calvo. En definitiva, estoy absolutamente en contra de las restricciones que vulneran nuestros derechos y libertades, así como los pilares fundamentales de la democracia y creo que la seguridad de los ciudadanos se puede garantizar sin recurrir a métodos dictatoriales más propios de la Venezuela chavista que de un estado occidental moderno. Nos han pedido silencio, pero no nos lo han pedido por favor.
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