Hace unas semanas, la siempre polémica Miley Cyrus acudió a un programa de la televisión estadounidense para que le hicieran una entrevista. El atuendo que eligió para tal ocasión estaba compuesto, en la parte superior de su anatomía, por una americana y unas (atención, que vienen curvas) aplicaciones de cristales para cubrir (o resaltar, aún no me ha quedado muy claro) sus pezones de ex-princesa Disney. Sí, los pezones. El presentador, como es lógico, no pudo resistir la tentación de hacerle saber a Miley que su escasez de vestuario no le permitía concentrarse para hacer la entrevista. Ella, muy digna, respondió que lo había hecho a modo de reivindicación feminista porque el mundo tenía un problema con la exhibición de los pechos. Ahí es nada. Ante semejante respuesta, el presentador no tuvo más remedio que preguntarle a la que un día fuera Hannah Montanah qué pensaba su padre sobre su tendencia de aparecer en público como Dios la trajo al mundo. La contestación de la artista fue, ni más ni menos, que su padre prefería que enseñara los pechos en televisión a que fuera una mala persona. Mi padre también prefiere que me pasee en bolas por la Gran Vía en hora punta a que me vuelva adicta a la cocaína, pero afortunadamente nunca se ha visto en la tesitura de tener que elegir. Lo que realmente me sorprende de esta anécdota es que Miley maquille de feminismo su patético intento de relanzar su carrera tras admitir, unos años atrás, que no se encontraba interesante a sí misma. Su talento ya no es suficiente para vender las entradas de sus conciertos y parece que el escándalo es su nueva estrategia de marketing desde que abandonara la serie que, con tan sólo 14 años, la catapultó hacia la fama. Es decir, tiene que recurrir a vender su cuerpo en los medios y en las redes sociales para no desaparecer del mundo de la farándula. Un acto muy poco feminista, querida Miley. No te culpo. Pasarse la infancia de plató en plató y convertirse en una adolescente multimillonaria, rodeada las 24h del día de más adolescentes como tú gritando tu nombre, no debió de ser nada fácil. Tampoco debió de resultar sencillo ver como el mundo te daba la espalda cuando decidiste dejar de ser una princesita Disney para demostrar que, más allá de aquella peluca rubia, había toda una mujer que soñaba con coger las riendas de su carrera. Pero ser una víctima de esta sociedad de "usar y tirar" no te da derecho a emplear la palabra "feminismo" para justificar tus salidas de tono. Porque las verdaderas feministas luchan incasablemente todos los días en contra de la explotación sexual, de la mutilación genital, de la violencia machista, del concepto de "mujer objeto" y de otras muchísimas injusticias que sufren millones de mujeres a lo largo y ancho del planeta. Así que no, siento decirte que no pasarás a la historia como una heroína feminista. Más te valdría emplear tu boquita de fresa para cantar y actuar, a ver si de esa manera cumples por fin tu sueño de ser respetada como artista. Y ya de paso, como mujer.
A medio camino entre lo humano y lo divino. Digo lo que pienso porque si no lo digo reviento. Bienvenidos al interior de mi mente. Os invito a descubrir lo que me inquieta, lo que me indigna, lo que me emociona y, sobre todo, lo que me encanta: escribir para vosotros.
martes, 29 de septiembre de 2015
jueves, 3 de septiembre de 2015
Estado del Malestar
Esta tarde mi familia y yo hemos ido a felicitar al hijo de unos amigos de toda la vida que se calzaba los tan ansiados 18. Después de los regalos y los tirones de orejas correspondientes, mi madre, ingenua ella, ha preguntado a su amiga qué tal estaban sus padres, a los que nosotros conocemos y tenemos mucho cariño. Ambos superan los 80 años y se encuentran en un estado de salud realmente delicado que les impide valerse por sí mismos. Hasta aquí, todo normal. Cuál ha sido nuestra sorpresa cuando nos ha contestado lo siguiente. Hace un par de semanas fue a pedir Ayudas a la Dependencia para que sus padres tuvieran a una persona interna en casa que les pudiese ayudar en el día a día. Pues bien, la señorita que estaba detrás de la ventanilla le dijo que la Comunidad de Castilla y León no tenía dinero y por tanto había dos opciones: vender la casa de sus padres e ingresarlos en una residencia privada o bien, que ella se trasladara desde Madrid (donde vive actualmente) a Valladolid para dedicarse única y exclusivamente a cuidar de ellos. Es más, actualmente la pareja recibe (atención, que vienen curvas) 20 euros al mes en concepto de "ayudas". Sí, 20 euros. Sí, al mes. Y para rematar, la funcionaria en cuestión dejo caer, de manera sutil a la par que elegante, que con suerte ambos morirían pronto y así el asunto quedaría zanjado. Admiro la entereza y la frialdad con la que la amiga de mis padres escuchó palabra por palabra apretando los puños de impotencia, refrenando sus instintos de coger un rifle y tomarse la justicia por su mano (que buena falta haría en muchos casos, si se me permite la barbaridad). Y no, no voy a teñir de ideología esta anécdota tan estremecedora. Simplemente, me planteo qué clase de país tercermundista es España que, a pesar de encontrarse en pleno siglo XXI, ser miembro de organizaciones supranacionales como la UE o la OTAN y formar parte del G-20, deja con una mano delante y otra detrás a las personas que más lo necesitan. ¿Para qué tanto impuesto entonces? ¿Para qué tanto discursito sobre la igualdad y la solidaridad? ¿Nos van a dejar morir como perros en las calles mientras los mismos de siempre no hacen más que pasearse subidos en sus coches de lujo? Qué injusticia, qué vergüenza, qué asco. En conclusión, salimos más caros vivos que muertos. Vivimos o, mejor dicho, malvivimos en el Estado del Malestar. Pasen y disfruten (si es que pueden).
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