lunes, 7 de diciembre de 2015

No llores por mí, Venezuela

La estupidez humana no tiene límites. Podríamos decir que es como el universo: se expande continuamente y no entiende de fronteras. Creo que el mayor reflejo de la estupidez de las personas es la negación de la evidencia: gente que se convence así misma de que el cielo es rojo cuando todos sabemos que es azul. Y se lo acaba creyendo. Uno de esos irritantes y curiosos personajes es sin duda alguna el señor Juan Carlos Monedero. No sé con cuántos venezolanos ha tratado usted a lo largo de su vida, al igual que desconozco si dichos encuentros han sido fortuitos o programados. A mí, concretamente, el azar me ha permitido conocer la historia de seis familias venezolanas que actualmente residen en España. Todas coinciden: salieron de Venezuela para huir de las garras del chavismo. Todas comparten el mismo drama: los familiares que dejaron en Venezuela les ruegan que en sus visitas vayan armados hasta los dientes a base de medicinas y alimentos. A día de hoy, cada ciudadano tiene asignado un único día para hacer la compra en un país con una inflación del 217%, la más alta del planeta, y un PIB de -9%.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Mano de hierro

Tenía muy claro sobre qué iba a escribir hoy. Antes de prenderle fuego al teclado del ordenador, me he metido en Twitter para ponerme al día de lo acontecido hoy en el mundo. Hay días que es mejor no levantarse de la cama. Y, desde luego, no abrir el Twitter. La cuenta oficial de El País informaba sobre la multa de 90€ que ha tenido que pagar un hombre por abandonar durante varios días a sus perros, uno de los cuales ha muerto de sed e inanición. Tras leer semejante barbaridad, mi estómago se ha hecho un nudo y mi conciencia me ha dicho "tienes decir algo al respecto". Siempre me toca la fibra sensible el sufrimiento animal (sobre todo desde que tengo mascota) pero esta vez, a la tristeza se han unido la rabia y la indignación. Tan solo 90 cochinos euros son suficientes para compensar una vida, la vida de un ser completamente inocente que probablemente le haya sido fiel a semejante monstruo hasta el segundo en que su corazón dejó de latir. El doble o el triple de esa cantidad es lo que le costó a mi madre un día aparcar en doble fila para poder recoger a mis hermanos del colegio. En momentos como este mi condición de ser humano me produce vergüenza.

martes, 1 de diciembre de 2015

Roben a los pobres para dárselo a los ricos

Me encanta la palabra "rescate". Me resulta desternillante oír el término en boca de políticos y banqueros. ¿Rescate a quién, señores? ¿A caso el oleaje ha traído hasta nuestras costas alguna patera de subsaharianos famélicos a los que urja socorrer? ¿Han decidido por fin ustedes tenderles una mano (o mejor, el brazo entero) a los sirios que huyen de la despavoridos de la guerra? ¿Han dejado de burlarse de los ciudadanos y otorgan ahora Ayudas a la Dependencia que realmente hacen honor a su nombre? Ah, disculpen, qué desconsiderada soy. Es a sus amigos empresarios a quiénes hay que rescatar. No me generan antipatía los empresarios, de hecho, son clave para el funcionamiento de nuestra economía: no sólo producen sino que además dan puestos de trabajo. No son hermanitas de la caridad, pero oigan, menos da una piedra. Esta vez le ha tocado a Abengoa, una empresa sevillana que se dedica a encontrar "soluciones tecnológicas innovadoras para el desarrollo sostenible" (según su página web). Y miren, si hay que ayudar a que todas las familias que viven de ese negocio, díganme cómo puedo contribuir. Pero no, esto no va de solidaridad con los trabajadores, esto va de altas esferas, de políticos que aun no ven suficientemente llenos sus bolsillos. Porque claro, las PYMES devastadas tras la crisis no necesitan rescate alguno. Se conoce que no contribuyen a la economía ni crean puestos de trabajo (o eso deben de pensar los de arriba). Sin embargo, lo más gracioso de esta broma de mal gusto es quiénes son los que rescatan. No me las doy de entendida en economía, pero sé que 2+2 son 4, igual que sé que los rescates se traducen en subida de impuestos o recortes (todo gasto requiere un ingreso). Encima pretenderán engañarnos haciéndonos creer que nuestro obligado gesto de "buena voluntad" repercutirá directamente en nosotros haciéndonos más ricos, más felices y más guapos. Por pedir, que no quede. Confío, aunque peque de ilusa, en que puedan encontrar otra solución que no les suponga los ciudadanos pasar por caja. Si son ustedes tan amables.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Fiesta pagana

Ha llegado a mis oídos que la excelentísima alcaldesa de Madrid, doña Manuela Carmena, tras ver frustrados sus intentos de quitar el Belén del Ayuntamiento de Madrid, planteó una iniciativa, como mínimo, peculiar (para no enredarme haciendo una lista interminable de calificativos). Sepa usted, señora Carmena, que la palabra "Belén" hace referencia a un conjunto de figuras que representan la escena del nacimiento de Cristo y al nombre de la ciudad donde Éste nació. Por lo tanto, la definición de la palabra "Belén" elimina toda posibilidad de laicismo, por mucho que usted se empeñe. Le informo también que la palabra "Navidad" procede de "natividad", es decir, "nacimiento". ¿Adivina usted de quién, Manuela? De Jesús, efectivamente. Es más, me atrevo a decir sin miedo a represalias (aunque ya no esté de moda) que la Navidad es una fiesta esencialmente cristiana que no tiene absolutamente nada que ver con las lucecitas, los turrones y los regalos (muy a su pesar). Así que, si quiere dar un ejemplo de laicismo, no se reúna con su familia a cenar en Nochebuena, no tenga ningún detalle con

miércoles, 18 de noviembre de 2015

El botón del metro

A lo largo de una semana uso el metro al menos ocho o diez veces, sin contar los fines de semana. Mis viajes en metro suelen ser cortos, pero a la vez intensos, porque me encanta observar a las personas  que van en el vagón y reflexionar sobre lo que veo. No sé por qué no os he comentado antes que me crispa los nervios ver como algunos pasajeros aprietan sin descanso el botón de la puerta esperando, con fe ciega, que ocurra el milagro, sin hacer caso a su vocecita interior, que, desesperada, intenta advertirles que hasta que no comience a parpadear la luz, la puerta no se abrirá.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Desinfórmese, es gratis

No voy a recrearme en la desgracia ni a hacer leña del árbol caído. Me parece de mal gusto y además no tiene sentido alguno. Sin embargo, como futura periodista, me veo en la obligación de hacer autocrítica y reflexionar sobre cómo los medios hacen que funcione el mundo. Porque sí, no nos engañemos, nos tienen en sus manos. Partamos de la siguiente base: las principales cadenas de televisión en nuestro país no emitieron ninguna programación especial sobre el atentado en París hasta varias horas después de la desgracia. Sólo 13tv y Telemadrid se dedicaron por completo a cubrir la noticia. Es verdad, hay que contrastar información y saber cuál va a ser el alcance de la misma antes de lanzarse a la piscina. Bueno, pasamos la tardanza por alto. Pero de repente, según las cadenas comienzan a darle a la noticia la importancia que merece, se produce un carnaval de datos sin contrastar como por ejemplo, el supuesto fallecimiento de dos ciudadanos españoles que, afortunadamente, resultaron estar vivitos y coleando. No se queda ahí el asunto. La Razón y Antena 3 manipularon una imagen en la que presuntamente aparecía uno de los terroristas con un Corán en la mano. Abra cadabra, el temible terrorista se convierte, por arte de magia, en un periodista que,

domingo, 15 de noviembre de 2015

#NiUnaMenos

El pasado fin de semana murieron en España cuatro mujeres, víctimas de violencia de género. Frustrante, lamentable, horrible, desolador. Aun queda mucho por luchar para conseguir la verdadera "igualdad". Entrecomillo el término porque, evidentemente, hombres y mujeres somos muy diferentes, sin embargo, esto no impide que merezcamos tener los mismos derechos. En España la desigualdad salarial es tan grande que una mujer trabaja de media 59 días gratis en comparación con un hombre. Por no hablar de que la conciliación familiar y laboral es prácticamente una utopía. Casi nada. La esclavitud sexual está a la orden del día y cada vez más mujeres confiesan haber sufrido algún tipo de acoso o de agresión sexual. La última ha sido Karla Jacinto, una mejicana que fue obligada a ejercer la prostitución desde los doce a los dieciséis años al rededor de 30 veces al día. Esta terrible realidad también se refleja en el escalofriante documental de Mabel Lozano Chicas nuevas 24 horas, un proyecto que saca a la luz las entrañas de la prostitución. Pero no hace falta irnos tan lejos, día tras día vemos decenas de videoclips al más puro estilo Pitbull en los que aparecen mujeres bailando en tanga con tacones de quince centímetros como si fueran un trozo de carne que solo sirve para la exhibición y el disfrute del hombre.

lunes, 2 de noviembre de 2015

El ascensor

Cada quince días mi abuela acude al Auditorio Nacional con una amiga para ver los últimos estrenos. Sí, es una privilegiada y además lo disfruta mucho. Pero ese no es el asunto. El otro día, al salir de un concierto, mi abuela y su amiga bajaron en un ascensor, en el que cabían unas veinte personas, para dirigirse al garaje, donde tenían el coche. El ascensor comenzó a llenarse de mujeres hasta que, finalmente, un hombre se decidió a entrar. Aun no se había llenado por completo el ascensor cuando el señor en cuestión dijo las siguientes palabras:"¡Aquí ya no entra nadie más! Ya hay bastantes mujeres en este ascensor". No, no lo dijo de broma. Me imagino la cara de mi abuela (que con la edad se ha desinhibido completamente a

martes, 29 de septiembre de 2015

Maquillaje feminista

Hace unas semanas, la siempre polémica Miley Cyrus acudió a un programa de la televisión estadounidense para que le hicieran una entrevista. El atuendo que eligió para tal ocasión estaba compuesto, en la parte superior de su anatomía, por una americana y unas (atención, que vienen curvas) aplicaciones de cristales para cubrir (o resaltar, aún no me ha quedado muy claro) sus pezones de ex-princesa Disney. Sí, los pezones. El presentador, como es lógico, no pudo resistir la tentación de hacerle saber a Miley que  su escasez de vestuario no le permitía concentrarse para hacer la entrevista. Ella, muy digna, respondió que lo había hecho a modo de reivindicación feminista porque el mundo tenía un problema con la exhibición de los pechos. Ahí es nada. Ante semejante respuesta, el presentador no tuvo más remedio que preguntarle a la que un día fuera Hannah Montanah qué pensaba su padre sobre su tendencia de aparecer en público como Dios la trajo al mundo. La contestación de la artista fue, ni más ni menos, que su padre prefería que enseñara los pechos en televisión a que fuera una mala persona. Mi padre también prefiere que me pasee en bolas por la Gran Vía en hora punta a que me vuelva adicta a la cocaína, pero afortunadamente nunca se ha visto en la tesitura de tener que elegir. Lo que realmente me sorprende de esta anécdota es que Miley maquille de feminismo su patético intento de relanzar su carrera tras admitir, unos años atrás, que no se encontraba interesante a sí misma. Su talento ya no es suficiente para vender las entradas de sus conciertos y parece que el escándalo es su nueva estrategia de marketing desde que abandonara la serie que, con tan sólo 14 años, la catapultó hacia la fama. Es decir, tiene que recurrir a vender su cuerpo en los medios y en las redes sociales para no desaparecer del mundo de la farándula. Un acto muy poco feminista, querida Miley. No te culpo. Pasarse la infancia de plató en plató y convertirse en una adolescente multimillonaria, rodeada las 24h del día de más adolescentes como tú gritando tu nombre, no debió de ser nada fácil. Tampoco debió de resultar sencillo  ver como el mundo te daba la espalda cuando decidiste dejar de ser una princesita Disney para demostrar que, más allá de aquella peluca rubia, había  toda una mujer que soñaba con coger las riendas de su carrera. Pero ser una víctima de esta sociedad de "usar y tirar" no te da derecho a emplear la palabra "feminismo" para justificar tus salidas de tono. Porque las verdaderas feministas luchan incasablemente todos los días en contra de la explotación sexual, de la mutilación genital, de la violencia machista, del concepto de "mujer objeto" y de otras muchísimas injusticias que sufren millones de mujeres a lo largo y ancho del planeta. Así que no, siento decirte que no pasarás a la historia como una heroína feminista. Más te valdría emplear tu boquita de fresa para cantar y actuar, a ver si de esa manera cumples por fin tu sueño de ser respetada como artista. Y ya de paso, como mujer.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Estado del Malestar

Esta tarde mi familia y yo hemos ido a felicitar al hijo de unos amigos de toda la vida que se calzaba los tan ansiados 18. Después de los regalos y los tirones de orejas correspondientes, mi madre, ingenua ella, ha preguntado a su amiga qué tal estaban sus padres, a los que nosotros conocemos y tenemos mucho cariño. Ambos superan los 80 años y se encuentran en un estado de salud realmente delicado que les impide valerse por sí mismos. Hasta aquí, todo normal. Cuál ha sido nuestra sorpresa cuando  nos ha contestado lo siguiente. Hace un par de semanas fue a pedir Ayudas a la Dependencia para que sus padres tuvieran a una persona interna en casa que les pudiese ayudar en el día a día. Pues bien, la señorita que estaba detrás de la ventanilla le dijo que la Comunidad de Castilla y León no tenía dinero y por tanto había dos opciones: vender la casa de sus padres e ingresarlos en una residencia privada o bien, que ella se trasladara desde Madrid (donde vive actualmente) a Valladolid para dedicarse única y exclusivamente a cuidar de ellos. Es más, actualmente la pareja recibe (atención, que vienen curvas) 20 euros al mes en concepto de "ayudas". Sí, 20 euros. Sí, al mes. Y para rematar, la funcionaria en cuestión dejo caer, de manera sutil a la par que elegante, que con suerte ambos morirían pronto y así el asunto quedaría zanjado. Admiro la entereza y la frialdad con la que la amiga de mis padres escuchó palabra por palabra apretando los puños de impotencia, refrenando sus instintos de coger un rifle y tomarse la justicia por su mano (que buena falta haría en muchos casos, si se me permite la barbaridad). Y no, no voy a teñir de ideología esta anécdota tan estremecedora. Simplemente, me planteo qué clase de país tercermundista es España que, a pesar de encontrarse en pleno siglo XXI, ser miembro de organizaciones supranacionales como la UE o la OTAN y formar parte del G-20, deja con una mano delante y otra detrás a las personas que más lo necesitan. ¿Para qué tanto impuesto entonces? ¿Para qué tanto discursito sobre la igualdad  y la solidaridad? ¿Nos van a dejar morir como perros en las calles mientras los mismos de siempre no hacen más que pasearse subidos en sus coches de lujo? Qué injusticia, qué vergüenza, qué asco. En conclusión, salimos más caros vivos que muertos. Vivimos o, mejor dicho, malvivimos en el Estado del Malestar. Pasen y disfruten (si es que pueden).

domingo, 30 de agosto de 2015

Tormenta de verano

Esta semana he estado hablando sobre mi blog con un seguidor hasta ahora clandestino y me ha dicho que había llegado a dos conclusiones sobre mi forma de escribir. La primera, que era demasiado directa a la hora de expresar mis pensamientos u opiniones. No se lo pude negar. Es cierto que procuro ser clara, concisa, al fin y al cabo implacable, para evitar (en la medida de lo posible) que mis palabras se tergiversen. La segunda observación que me hizo fue que hablaba siempre en primera persona, sin hacer realmente partícipes a mis escasos lectores de las situaciones que me acontecían. Esto último me ha hecho reflexionar. Lo cierto es que nunca he pretendido buscar apoyo o solidaridad cuando he escrito, no ha sido hasta ahora mi intención que los demás se hayan sentido identificados con mis particulares enredos mentales. Supongo que escribir, en mi caso, es una herramienta para conocerme a mí misma, para vaciar mi alma (por excesivamente romántico que suene) y así, en un alarde de egocentrismo, compartir mis inquietudes morales y emocionales con todo aquel que se preste a ello. Esta semana ha sido especialmente confusa a nivel sentimental. No sabría decir por qué, pero se me han agolpado todas las emociones de repente, sin previo aviso, como una tormenta de verano que nubla un cielo amablemente azul y lo convierte en una masa húmeda y gris que, en apenas una o dos horas, arrasa con todo lo que se encuentra bajo ella. Corta e intensa. Después llega la calma, pero aun permanece el olor a tierra mojada y la sensación de que el verano se ha desvanecido por unos instantes sin ni si quiera despedirse de los que, pacientemente, hemos esperado nueve largos meses de frío para ver su rostro. Nunca tengo la sensación de que la calma ha llegado por completo a mi vida. No es tristeza ni rabia, es la sensación de no haber encontrado mi sitio aun, de no saber qué quiero ni cómo lo quiero. Así pues, retomando la segunda cuestión, apenas comprendo mi propia existencia individual como para hablar de experiencias comunitarias. Porque la mayoría de las veces la vida no es blanca o negra, porque hay días que simplemente el mundo se vuelve gris. Como las tormentas de verano.

martes, 14 de julio de 2015

No. Adverbio de negación. Dos letras cargadas de significado, de orgullo, de decisión. Hay que ser muy valiente para decir "no". O muy arrogante, según se vea. Yo soy del tipo de personas que tiene una especie de aversión a decir la palabra prohibida. Me impone, me supera, me hace sombra. Quizás es porque soy demasiado nostálgica, me resulta difícil despegarme del pasado. O a lo mejor es porque tengo una especie de trastorno sin diagnosticar: me horroriza decepcionar a los demás. Puede que haya otros cientos de motivos por los que la palabra "no" nunca sale de mis labios, pero se acabó, me planto. La felicidad de los demás no depende de mí y recientemente he descubierto que mi felicidad tampoco está en manos de otras personas. Me encuentro en una etapa de transición en mi vida que me gusta denominar "la liberación del no". Ahora tengo el poder de decidir qué es lo que quiero y sobre todo, cuando lo quiero. Basta de segundas oportunidades inútiles, del absurdo "sí" por compromiso, de poner la otra mejilla, de agachar la cabeza y asentir como el rebaño. No. No me apetece, no me da la gana, no quiero. Habrá quien me rechace, quien me envidie, quien se aleje, pero también habrá quien me quiera como soy, con mis síes y, sobre todo, con mis noes. Así pues, para celebrar con vosotros mi Renacimiento personal, os dejo con ella, con la voz que se atrevió a decir "no"  y, además, escribió una canción.
 

jueves, 2 de julio de 2015

Silencio (por favor)

Nos quieren. Nos quieren callados, sumisos, dóciles, inertes. El Gobierno ha puesto un cartel de "no molestar", igual que un cliente en un hotel cuando se dispone a hacer algo sucio entre las cuatro paredes de su habitación. Ayer se llevó a cabo el último intento de degradar, aun más si cabe, la democracia española. No he tenido todavía la oportunidad de leer punto por punto la famosa "Ley mordaza", pero sí que he podido rescatar alguna perla. Parece ser que está prohibido manifestarse delante de las Cortes y las asambleas autonómicas aunque no estén reunidas,  no sea que perturbemos la  siesta de los cuatro gatos que deciden hacer acto de presencia o que, por nuestra culpa, la señora Celia Villalobos pierda vidas del Candy crush. Se permite, en cambio, que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado emitan sanciones sin necesidad de un juez. Yo siento un profundo respeto por la Policía y la Guardia Civil, pero todos sabemos que otorgar a una institución competencias que en principio no le corresponden, de tal manera que se incrementa su poder, favorece la tiranía y la corrupción. Por otra parte, queda prohibido grabar imágenes o sacar fotografías a los miembros de los Cuerpos de Seguridad. Esta sanción me parece un arma de doble filo, ya que impide identificar a los agentes que se extralimitan en el ejercicio de sus funciones, pero al mismo tiempo los protege tanto a ellos como a sus familias de posibles represalias. Están prohibidas también las sentadas pacíficas. Sí, repito: PACÍFICAS. Que alguien me lo explique porque mi cerebro aun sigue procesando esta última información. He de decir que se ha especulado mucho sobre esta ley. Por ejemplo, en ningún caso viene recogido (al menos no explícitamente) que se prohíba la manifestación de disconformidades con el poder a través de las redes sociales. Incluso me atrevo a decir, arriesgándome a ser lapidada por los más intransigentes, que estoy de acuerdo con algunos puntos de la ley, como suprimir la violencia en las manifestaciones o la persecución tanto del tráfico como del consumo de sustancias estupefacientes. Veo ilógico, por ejemplo, que en una huelga los sectores más radicales saboteen a sus propios compañeros y atenten contra su  libre derecho a trabajar. Tampoco creo que se deban consentir actitudes violentas (ojo, no solo por parte de los agentes, sino también de muchos manifestantes) que no hacen más que perjudicar a aquellos que legítimamente defienden sus ideas de forma pacífica, al igual que no me parece de recibo el deterioro de lugares públicos como edificios, plazas o parques "justificado" por la reivindicación.  Porque no nos engañemos, por muy antisistema que seamos, si vemos a un individuo incendiando un contenedor frente a nuestra vivienda o nuestro lugar de trabajo, lo más probable es que lo mandemos de una patada a prenderle fuego a su puta casa, hablando mal y pronto. Ni tanto ni tan calvo. En definitiva, estoy absolutamente en contra de las restricciones que vulneran nuestros derechos y libertades, así como los pilares fundamentales de la democracia y creo que la seguridad de los ciudadanos se puede garantizar sin recurrir a métodos dictatoriales más propios de la Venezuela chavista que de un estado occidental moderno. Nos han pedido silencio, pero no nos lo han pedido por favor.

lunes, 15 de junio de 2015

Tonterías las justas

Llega un momento de tu vida en que sientes que estás harta, muy harta. A unos les llega antes, a otros después. A mí me ha llegado ahora. Desde que entré en el colegio, siempre he sabido que era una de esas personas que no pasaba desapercibida. No sé si era por mi piel semi-transparente, por mis orejas de soplillo, porque me pasaba la vida cantando y bailando (aunque no hubiera música de fondo, ya la ponía yo)o porque crecer rodeada de abogados hizo que desde los dos años y medio hablara con completa corrección. Puede que solo fuera por uno de estos factores o incluso por una combinación de todos ellos, pero el caso es que nunca he sido indiferente para los demás. Y eso da rabia. A los demás, claro. Nunca he sido muy dada a buscar la aprobación del resto de la gente, me parece innecesario y al mismo tiempo imposible caerle bien a todo el mundo. Sin embargo, lo cortés no quita lo valiente. Me gusta cuidar a las personas que me quieren (y, por desgracia, a las personas que no me quieren también), simplemente me entrego, me lanzo al abismo, porque la felicidad de los que me rodean es una contribución a mi propia felicidad. A lo mejor suena egoísta o incluso peco de poca humildad, aunque siempre he creído que "humildad" y "modestia" son dos términos diferentes. Ser humilde es tener la capacidad de reconocer y asumir que siempre habrá alguien mejor que tú, lo cual me parece una muy buena cualidad (y muy sana, por cierto), mientras que ser modesto es mentir sobre tus propias habilidades o talentos para no parecer arrogante, es una cuestión social. Por tanto, según mi propia clasificación, considero que soy humilde, no modesta. Una vez aclarado este punto, prosigo. El caso es que mi esfuerzo por los demás no siempre o, mejor dicho, casi nunca, se ve recompensado. Unas veces es porque esas personas no tienen mi mismo nivel de auto-exigencia personal, lo que no quiere decir que no me quieran ni mucho menos que no vayan a estar a mi lado cuando realmente lo necesite, sencillamente tienen otra forma de vivir el amor o la amistad. Sin embargo, muchas veces ocurre que "yo te doy la mano, tú agarra todo el brazo", como dice Jarabe de Palo en su canción Grita. Porque las apariencias engañan, porque quien parece tu mejor amigo resulta ser tu peor enemigo, porque hay quien se muerde la lengua y se envenena, porque a la espalda somos todos muy valientes. Porque la gente es egoísta, interesada, maleducada, arrogante, inflexible, intransigente, irrespetuosa. Ya está bien de tonterías y de pataletas al más puro estilo de un niño de preescolar (con todos mis respetos hacia los niños de preescolar). Y sí, soy humana y cometo errores como la que más, pero no por eso merezco desprecio, ni resentimiento, ni puñaladas traperas, ni muchísimo menos faltas de respeto. No pienso ir detrás de quien no me quiere, no pienso pedir perdón solo para contentar a los demás, no pienso callarme ni esconderme. Nunca lo he hecho y ahora todavía menos. Yo sé lo que valgo y lo que merezco y no pretendo conformarme con menos. Y las personas que realmente me quieren (y a las que pienso seguir cuidando con toda mi alma) también lo saben. Os dedico estas líneas a todos los que alguna vez habéis intentado hacerme daño. Mucha suerte la próxima vez. Desde luego, hoy no lo vais a conseguir. Termino parafraseando a Madonna: no importa si hablan mal o bien de ti. Lo importante es que hablen. Dicho queda.

martes, 2 de junio de 2015

Lo más normal es ser hipster

El pasado domingo fui a la feria del libro con una de mis mejores amigas. Desde que la conocí hace ya cinco años (si no me equivoco) siempre he sabido que ella era una persona diferente, que iba en contra del viento y además no le importaba, es más, se enorgullecía de ello. Siempre ha tenido  un halo, un no-sé-qué, que le hace absolutamente interesante y, por consiguiente, irresistible. El caso es que su espíritu bohemio la lleva por el camino de la poesía y como buena poeta en potencia me quiso llevar a un recital de poesía contemporánea en mitad del parque del Retiro. Lo curioso es que ella, que a pesar de su elegancia natural cuando menos te lo esperas aparece con un piercing casi escandaloso o con la cabeza medio rapada, no desentonaba en absoluto en aquella multitud de vestidos hasta los pies asomando unas botas militares, gafas de pasta, pelos azules y tatuajes sin forma definida que paseaban por allí haciéndose los entendidos de todo y a la vez de nada. Me sentí incluso rechazada con mis vaqueros cortos, mi piel inmaculada sin rastros de tinta negra ni de más pendientes que los que llevaba en los lóbulos de las orejas, sin estar a la última en poesía del siglo XXI (debido a mi profundo respeto por los clásicos)ni de las últimas y pintorescas publicaciones literarias. Recuerdo que una vez, una compañera de instituto (muy alternativa ella) me dijo lo siguiente: "ser hipster es ir en contra de las modas. Si ahora lo que está de moda es ser hipster, ¿qué es realmente ser hipster?". Amén a eso. Porque no, no estoy en contra ni de los tatuajes ni de los piercings (yo misma he llevado uno), pero tampoco creo que el 40% de la gente que me cruzo habitualmente por la calle sea realmente tan especial como mi amiga o como mi compañera de clase. Es decir, ¿por qué esa obsesión por remarcar que somos diferentes, por transgredir, por llamar la atención? Cada uno de nosotros tenemos un talento, una cualidad, un motivo por el que alguien pueda enamorarse locamente de nosotros, un gusto raro o extravagante, una determinada  forma de pensar o de entender el arte. En definitiva, somos únicos e irrepetibles por naturaleza, solo en nosotros mismos está la posibilidad de ser felices y de comernos el mundo, no en lo que digan o en lo que piensen los demás. Y por eso, yo, con mi físico y mi forma de vestir completamente normales, me siento afortunada, pero sobre todo distinta, y me enorgullezco de ello, sin tener que aparentar lo que no soy ni avergonzarme por mi aspecto (o por mis  escasos conocimientos sobre literatura actual). Por qué no decirlo, ser normal ahora es ir en contra de las modas o, mejor dicho,  es no pasar de moda, es la reinvención del concepto hipster. Este es mi tributo a todas aquellas personas que marcan la diferencia de verdad, con sus actos y sus palabras (y a veces también con su aspecto) y también a mí misma. Porque yo lo valgo.

lunes, 25 de mayo de 2015

GRACIAS

Hay veces que me gustaría no existir. Sé que es una afirmación que deja un regusto amargo e incluso puede sonar a cobardía más que a desesperación. Me auto-convenzo a mí misma de que no soy la única, seguro que más de uno ha querido tirar la toalla alguna vez. Pero hoy, casi por arte de magia, he descubierto algo que siempre ha estado ahí y, sin embargo, llevaba todo este tiempo pensando que lo había perdido. En muchas ocasiones las fuerzas flaquean. No hay nadie en quien confiar, estamos solos ante las adversidades, las personas que creíamos imprescindibles nos abandonan sin miramientos. Qué fácil es perder la fe en el ser humano, ¿verdad? Y lo peor, es que al mismo tiempo perdemos la fe en nosotros mismos. A pesar de todo, no debemos dejarnos confundir por las malas experiencias, las buenas personas están ahí, solo hay que perseverar en la búsqueda(calculo que por cada tres gilipollas hay una buena persona en el mundo). De hecho, podríamos decir que existen dos leyes inamovibles: quien nos quiere nos busca (y además te encuentra) y el orgullo nunca es más grande que el cariño que sentimos por una persona. Yo siempre procuro seguir esas dos reglas a rajatabla, en ocasiones sin ni siquiera darme cuenta. Pues bien, cuando cumplimos esas dos condiciones, la vida nos da nuestra recompensa, aunque a veces no sepamos apreciarla. Mi recompensa, a parte de una familia maravillosa, la componen varios tesoros: mis amigos. Personas que siempre están ahí cuando realmente las necesito, que a veces se ausentan, pero conocen siempre el momento clave para aparecer; que piden perdón sin reparos y que perdonan sin que hagan falta motivos para ello; que te quieren sin saber porqué, que renuncian a su ego para no perderme nunca, que me hacen reír cuando aparentemente no hay motivos para ello y que demuestran que la confianza y la lealtad no son cosa del pasado. A vosotros, a mis alegrías y mis consuelos, os doy las GRACIAS, con mayúsculas, por demostrarme día a día que merece la pena seguir luchando y que aquella persona que no me valora no merece mi tiempo ni mi sufrimiento. GRACIAS por elegirme para caminar a vuestro lado. Os prometo que no os arrepentiréis.

domingo, 17 de mayo de 2015

Momentos de debilidad aleatoria

Llevo varios días dando vueltas, pensando sobre qué escribiría mi próxima entrada. La inspiración es escurridiza y caprichosa. Me he sentado frente al ordenador y lo primero que he pensado ha sido: "ya no puedo más". Siempre estamos en plena guerra con nosotros mismos: queremos ser los más guapos, los más simpáticos, los más brillantes, los mejores en todo. No terminamos de pelear una batalla y acto seguido estamos inmersos en otra. Siempre con la sonrisa puesta y con un letrero invisible en la frente que reza "envídiame". Porque está mal decirlo, pero nos encanta que nos envidien. Parafraseando a Rousseau: el hombre es narcisista por naturaleza. Rendirse es todo un fracaso. Rendirse es un tabú, una deshonra, una pérdida instantánea de la dignidad. Pero, ¿qué es exactamente rendirse? Yo, particularmente, soy de esas personas que nadan sin parar a contracorriente y que cuando llega un barco de rescate solo saben decir "estoy bien". Eso es lo que hay que decir, que estamos bien. ¿Y si no lo estamos? ¿Y si a mitad de camino simplemente dejamos que nos lleve la corriente? ¿Nos tragará el mar o llegaremos a buen puerto? Yo me hago estas preguntas todos los días y nunca saco nada en claro. Lo único que sé es que los brazos y las piernas se me están entumeciendo de tanto nadar. La corriente es cada vez más fuerte y todavía no he visto la luz del faro. Mi auto-exigencia no me permite pedir ayuda, no me permite lágrimas ni autocompasión. Sin embargo, a veces mi condición de ser humano me hace dar un pequeño traspiés, un momento de debilidad aleatoria que se marcha tan pronto como aparece, pero que deja estragos una vez se calma la tempestad. Y he aquí la gran pregunta ¿es eso rendirse? ¿Está realmente permitido no estar bien (y, sobre todo, decir que no se está bien) aunque solo sea por un instante?

domingo, 26 de abril de 2015

Salta

En verano del 2013 se celebró en Barcelona el mundial de natación. Siempre me han fascinado los deportes acuáticos, por esa razón, seguí con atención muchas de las competiciones. Una tarde tuve la suerte de que nada más encender la televisión estuvieran retransmitiendo una de las competiciones que más me gusta: salto de trampolín. Siempre me quedo absorta viendo como esos cuerpos aparentemente férreos consiguen bailar con el viento como si se tratase de plumas que no paran de hacer piruetas en su desesperado intento de retrasar su inevitable caída al suelo (o en este caso, al agua). El escenario era inmejorable: una imponente azotea que dejaba a sus pies una panorámica completa de la ciudad condal. Una tras una todas las nadadoras luchaban contra sus nervios para subir la escalerilla que podría llevarles al podio. Llegó el turno de la nadadora británica. Me avergüenza reconocer que no recuerdo su nombre, aunque lo que realmente importa es la lección que me enseñó. Su salto fue desastroso. En cuestión de segundos se cerraron a cal y canto las puertas que la iban a llevar a la final. Imaginé por un momento la decepción y la frustración de haber estado entrenando de sol a sol durante meses, durante años, con el único objetivo de ser la mejor para finalmente no conseguir traspasar la línea de la mediocridad. Sin embargo, a pesar de haber sido descalificada, aun tenía que saltar en la siguiente ronda. Otra vez volvió a enfrentarse cara a cara con aquel trampolín. Y, de repente, ocurrió. Sacó una de las máximas puntuaciones de la tarde, por encima incluso de algunas  rivales que sí habían conseguido clasificarse. No estuvo dispuesta a resignarse, a tirar por aquella azotea de Barcelona tanto esfuerzo y sacrificio. Ella había llegado hasta allí para triunfar y no estaba dispuesta a irse sin conseguirlo. La conclusión que saqué de esta historia es que no sirve de nada que nos anclemos en el pasado y nos recreemos en nuestras propias desgracias. Hemos luchado mucho y no debemos rendirnos jamás, es una cuestión de amor propio, de dignidad, y no podemos permitirnos el lujo de esperar una próxima oportunidad. Como dice mi abuela "la suerte no aparece, hay que ir a buscarla". Aquella nadadora no ganó el mundial de 2013, pero desde mi punto de vista, fue la campeona indiscutible.

martes, 7 de abril de 2015

Cosas que no se deben decir

Una vez, tras un patinazo amoroso (de los muchos que he tenido) mi madre me dijo: "con los hombres hay que ser misteriosa. Nunca le digas de buenas a primeras a un hombre todo lo que sientes por él o se confiará". Siempre he tenido presentes estas palabras en mis relaciones posteriores porque, como siempre (aunque me cueste admitirlo), mi madre tiene razón. Sin embargo, ella no contaba con que el misterio no es precisamente lo que me caracteriza. Las puertas de lo que podríamos denominar "mi mundo interior" suelen estar abiertas de par en par. Así me va. Soy transparente y frágil como un cristal. Por esa razón, en los últimos años he hecho grandes esfuerzos por blindarme a mí misma y construirme un escudo a prueba de bombas. Pero como la perfección no es un término que vaya asociado a la raza humana, en todo escudo hay fisuras. Y así fue como, sin ni si quiera darme cuenta, por una de mis fisuras se coló una persona que en muy poco tiempo me ha enseñado muchas cosas. Me ha enseñado que en el mundo  aun existe gente sin maldad, que el valor de una persona no está en lo que piensan los demás, sino en cuanto se hace valer; que la mentira es un daño irreparable, que el amor implica entrega, pero nunca perder la dignidad; que cuando realmente sientes pasión por algo nada ni nadie te puede detener y que cuando bajas la guardia, de repente, ocurren las cosas que merecen la pena en la vida. Quizás estoy pecando de poco misteriosa, pero he llegado a la conclusión de que los hombres, al igual que nosotras, también necesitan que alguien les diga un "te quiero" de vez en cuando. Sea como sea, hay cosas que no se deben decir. Y aun así se dicen.

martes, 24 de marzo de 2015

La canción

Hoy dejo de lado mi vena reivindicativa. Porque sí, porque me da la gana. 

Soy una fanática de la música Pop, no sólo me gusta escucharla sino que además me considero cantante y compositora aficionada.Dejando a un lado este pequeño momento de egocentrismo, he de confesar que uno de los objetivos de mi vida ha sido encontrar mi canción. Sí, mi canción, esa canción que suena de fondo en los momentos cruciales de tu vida, como si de una banda sonora particular se tratase, y que cada vez que la escuchas te estremece, te lleva a otra dimensión. Encontrar mi canción era uno de mis grandes objetivos, algo así como encontrar el amor de mi vida. De hecho, el proceso es muy parecido: la primera vez que la escuchas te atrapa, como un cepo de caza, pero al mismo tiempo te suscita ciertas dudas; después te seduce lentamente,se convierte casi  como en una droga y cada vez que la escuchas te gusta más; después hay un momento de crisis, hay otras canciones que te transmiten sensaciones diferentes o simplemente ya no sientes que esa canción encaje en tu vida; sin embargo, llega un día en el que de repente la escuchas, por casualidad, como si se tratara de un plan divino, y por fin tienes la sensación de estar en casa.  Recuerdo la primera vez que escuché Halo. Se me empañaron los ojos y se me erizó la piel, podía ver incluso el halo del que hablaba Beyoncé, con esa voz que tan pronto se rompe en lamentos como cae cual chorro de agua en una cascada, imponente y solemne. Creí que por fin la había encontrado, pero me equivocaba. Cuando descubres en qué consiste de verdad esto que llaman vivir, te das cuenta de que lo que antes te parecía trascendental ahora carece de importancia. Es en ese preciso momento cuando, sin más, aparece, en el segundo exacto, en el instante preciso. Ahí está. Mi canción me encontró hace dos años, en el punto de inflexión de mi vida, y me ha traído muchas alegrías y otras tantas decepciones. Pero cada vez que la escucho me absorbe, me evade del mundo y me hace estar en paz conmigo misma. Os dejo con el verdadero amor de mi vida, el único que nunca tendrá la tentación de dejarme:


miércoles, 4 de marzo de 2015

Et Dieu crea la femme

Brigitte Bardot fue una de las mujeres más deseadas durante las décadas de los 50 y los 60 gracias al estreno de Y Dios creó a la mujer. A día de hoy, multitud de modelos, celebridades y revistas de moda recrean su melena rubia y sus ojos enmarcados en negro. Sin embargo, parece que todos olvidan que la figura de la fabulosa BB evocaba más a un reloj de arena que a un palo de escoba. ¿Por qué os cuento todo esto? Os lo cuento porque hace una o dos semanas leí horrorizada una noticia que debería escandalizar a toda la sociedad y sobre todo a las mujeres. Resulta que si actualmente diosas como Cindy Crawford, Claudia Schiffer o Linda Evangelista quisieran dedicarse al glamuroso (y en parte escalofriante) mundo de la moda, serían consideradas modelos de talla grande. Es decir, los grandes iconos de belleza femeninos de los 90, las mujeres más perseguidas y envidiadas de la década, serían consideradas obesas mórbidas por aquellos que ahora, en pleno siglo XXI, cortan el bacalao en el backstage de los grandes desfiles. No sé a vosotros, pero a mí particularmente me escandaliza. Todavía hay más. Parecer ser que la modelo alemana Heidi Klum en sus inicios fue rechaza por estar "demasiado gorda". Para los que no la conozcáis, Heidi ha sido durante años uno de los flamantes ángeles de Victoria´s Secret. Suma y sigue. Ahora está de moda estar delgada hasta dar grima, parecer, como os decía antes, un palo de escoba. No sólo es aberrante luchar contra la naturaleza de la mujer, que desde tiempo inmemoriales se ha caracterizado por tener una figura completamente curvilínea, sino que además esta nueva moda es un atentado contra la salud física y psicológica de millones de mujeres a lo largo y ancho del planeta. Yo, que he visto de cerca los estragos de la anorexia, me indigno sobremanera al ver como la cúpula de la moda hace apología de una enfermedad tan seria, que no sólo destruye a quien la padece sino también a aquellos que están a su alrededor. Mi abuela, en su infinita sabiduría, ha elaborado una teoría al respecto. Según ella, la raíz del problema está en que la mayoría de los grandes modistos son homosexuales y, por esta razón, quieren que sus maniquíes femeninos tengan una figura lo más andrógina posible, de acuerdo con sus preferencias sexuales. Quizás sea cierto, puede. Sea como fuere, mi postura es clara y contundente. Además, por si esto fuera poco, como respuesta ha surgido un movimiento dentro del mundo de la moda que apuesta por tendencias más transgresoras que ensalzan a la mujer obesa. Sí, hay modelos de tallas grandes que triunfan. Y no, eso tampoco es, tan malo me parece estar desnutrida como sobrepasar un límite de peso saludable. En fin, os dejo con Heidi (bajo estas líneas), Cindy y Claudia (debajo de la foto anterior) para que juzguéis vosotros mismos. ¡Vivan las curvas!
 

 
 


viernes, 20 de febrero de 2015

De extremo a extremo y tiro porque me toca

Las ideologías se fundamentan en convicciones, en ideas que nos son inculcadas desde pequeños o en una experiencia que nos revela quiénes somos y por qué debemos luchar. Bueno, por lo menos así debería ser. Sin embargo, he observado últimamente que en este mundo globalizado e interconectado en el que vivimos, cada vez es más difusa la línea que separa ideología de moda. Ahora lo que se lleva es ser de izquierdas, mejor dicho, de extrema izquierda. Yo procuro tener la mente abierta. Me gusta escuchar lo que opinan los demás y los motivos que les llevan a opinar esa determinada manera, porque muchas veces descubro que quizás estaba equivocada respecto a algún tema particular o aprendo a ver las cosas con una perspectiva distinta. El conflicto y la diferencia de ideas llevan al progreso (yo, por lo menos, estoy convencida de ello). Pero hay cosas por las que no paso. Resulta que ahora Venezuela es el paraíso terrenal. No he estado nunca en Venezuela, ni siquiera conozco con detalle su historia y sus costumbres, pero a pesar de mi ignorancia, he tenido la oportunidad de ver de cerca los ojos llorosos y los puños apretados de rabia de muchos venezolanos de mi entorno que observan con impotencia como sus familias al otro lado del océano no tienen qué llevarse a la boca ni una triste aspirina para el dolor de cabeza. Muy utópico no será aquello cuando todos ellos tiene miedo de regresar a su propia tierra. Otra cosa que me hace mucha gracia es la curiosa identificación que se hace ahora entre patriotismo y fascismo. No sabía que por estar orgullosa de mi país (ojo, no de sus políticos) fuese una inquisidora franquista. Los alemanes cantan el himno y hondean su bandera sin ser por ello monstruos antisemitas. Aunque claro, cuando la selección ganó el Mundial de Sudáfrica, de repente éramos todos muy españoles. Así todo. Lo que más me revienta con diferencia es que hablen de respeto, de igualdad y de tolerancia aquellos que arremeten contra las creencias de los demás. Yo soy católica. No pretendo que los demás también lo sean (es más, tal y como está el mundo creer en Dios me parece todo un reto). Tampoco es mi intención que el Estado mantenga las instituciones de la Iglesia, con las que no suelo sentirme identificada, la verdad sea dicha. Sólo pido que no se me juzgue por el hecho de practicar mi religión con plena libertad al igual que yo no juzgo a los musulmanes, los judíos, los budistas o los ateos. Porque no, no todos los curas son pederastas ni todos los católicos somos homófobos ni mucho menos estamos en contra de los avances de la ciencia (un cáncer no se cura con oraciones, somos católicos, no gilipollas). Los extremos SIEMPRE son malos y la historia se encarga de recordárnoslo: tan terrible me parece el nazismo como el comunismo soviético. La objetividad es un una cualidad que se está perdiendo, nos dejamos llevar por simpatías absurdas (me incluyo) y nos olvidamos de contrastar la información con la que nos bombardean los medios a diario así como valorar todos los puntos de vista antes de sacar conclusiones y emitir juicios que, en la mayoría de las ocasiones, pueden hacer mucho daño.

martes, 13 de enero de 2015

La maldición de ser "single"

El amor es algo maravilloso e indescriptible. Sucede sin más, cuando menos te lo esperas y te cambia los esquemas. Tener pareja es entregarse sin saber cómo ni por qué a otra persona, aceptando sus defectos y ensalzando sus virtudes. Sin embargo, hay algo terrible en todas (o casi todas) las parejas y es que están tan sumamente sumergidas en el éxtasis de su relación, que tienen la extraña creencia de que aquellos que no tenemos "compañero de viaje" somos unos desgraciados que nos dirigimos sin remedio hacia una vida triste y solitaria en la que recibiremos, únicamente, el amor incondicional de media docena de gatos ( y pobre aquel que sea alérgico). Sí, lo confieso, soy soltera y a mucha honra (si se me permite decirlo). Sin embargo, muchas amigas mías (incluso algún amigo esporádicamente) hacen alarde de su buena voluntad ejerciendo de Celestina cada vez que se les presenta la ocasión para encasquetarme un primo, un amigo, un vecino o un compañero de clase en su afán de evitar que caiga en una espiral de amargura y marginalidad. Así que, queridas amigas mías, citando a mi prima (que cuando quiere tiene sus momentos de lucidez) os digo lo siguiente: estamos como queremos. Porque sí, hay muchos peces en el mar, pero mis ganas de pescar son ahora mismo cero y descendiendo. Lo he pensado fríamente y después de hacer cálculos me he dado cuenta de que el dinero que me ahorro en regalos a mi novio, entre Navidades, cumpleaños y aniversarios, lo puedo invertir en Andorra y para cuando cumpla los 21 me iré a Las Vegas a gastármelo en una semana de vicios y desenfreno. Porque yo lo valgo. No sólo eso, también me ahorro el paripé con los suegros. Hay veces que no sabes si es mejor caerles mal o bien, porque en el segundo de los casos pasan de tenerte en el banquillo a sacarte de titular al campo cada vez que se tercia una reunión familiar. Y claro, cómo decirles que no a los futuros abuelos de tu estirpe. Es más, quizás no me preocupa  tanto la familia de él como la mía. En fin, ni pensarlo quiero. Todo esto por no decir que una relación de pareja es una fuente inagotable de estrés entre discusiones, celos y "te prometo que intenté llamarte, pero me quedé sin batería". Encima gano en salud mental (fíjate tú). Lo que os quiero transmitir, chicas, es que no dudo en ningún momento de vuestra buena fe, pero mi príncipe azul aun no ha llegado y no por ello se acaba el mundo. Si lo preferís, llamadme "single", que no deja de ser un anglicismo cursi (como tantos otros que invaden el castellano), pero da  un toque de sofisticación e independencia. Sofisticada, independiente y soltera. ¿Algún problema?

lunes, 5 de enero de 2015

En ruinas

La vida es eso que pasa mientras descubrimos quiénes somos y qué queremos realmente. Es un proceso largo y arduo, una montaña rusa llena de altibajos en la que no puedes volver a montar una vez termina el trayecto. Es curioso, cuando estamos tristes somos completamente conscientes de lo desgraciados que somos y sin embargo cuando somos felices muchas veces lo somos sin darnos cuenta. Siempre es más fácil recordar aquellos momentos marcados por la decepción, por la frustración o por el rencor. Quizás por eso la confianza es una muralla de construcción lenta, pero que se puede derribar en cuestión de segundos. Yo estoy en ese punto de mi vida en el que no sé hacia dónde voy ni por qué. Cosas que antes me resultaban sencillas ahora me parecen imposibles, siento que todo se me va de las manos y cada día me levanto con la esperanza de que alguien venga a rescatarme. Pero nadie lo hará porque da la casualidad de que sólo yo puedo salvarme de mí misma. No me gusta quejarme, no quiero dar un mensaje negativo y decir que la vida es una mierda, que nada merece la pena y bla bla bla... Es simplemente que a veces me siento destruída por dentro, en ruinas, como si tuviera que levantar de nuevo los cimientos de mi existencia, uno a uno, y no tuviera fuerzas para hacerlo. Lo haré, sé que lo haré. Pero no ahora. ¿Hay prisa? ¿Tenemos un tiempo límite para arreglar nuestros propios desastres antes de consumirnos? Supongo que sí. El caso es que a medida que me voy haciendo preguntas me doy cuenta de que lo que de verdad quiero no es tener respuestas, sino dejar de tener la necesidad de hacerme tantas preguntas. Y he aquí la pincelada de optimismo: la vida es la constante oportunidad de volver a empezar, así que cuando estemos preparados (cuando esté preparada) comenzaremos una página nueva de nuestra historia. Una historia que seguro (espero) tiene un final feliz.